Brañosera, un pueblo de Palencia simbólico por ser el ayuntamiento más antiguo del país (12 siglos de historia lo contemplan), y que tiene una necesidad compartida con tantos otros: revertir la tendencia a la despoblación. ¿Cómo? Mediante la gestión sostenible de sus casi 5.700 hectáreas de pastos y montes comunales para estimular la bioeconomía. Con ‘cabras bombero’ y rebaños municipales, reforestación y agroturismo, además de una original Escuela de Pastores. Nos lo explican Carlos Carrera y Natalia Torrecilla, director general y técnico de proyectos de Innovación social y Empleo, respectivamente, de Fundación Ávila, como una de las instituciones que impulsa el proyecto Reactiva Brañosera.
¿Cuáles son los principales objetivos de Fundación Ávila?
Carlos Carrera. Surge como una respuesta a la necesidad de preservar, dinamizar y proyectar el patrimonio cultural, social y territorial de Ávila, ciudad y provincia, desde una mirada contemporánea, como espacio de acción y reflexión para conectar tradición e innovación, memoria y desarrollo. Llevamos a cabo proyectos en cuatro ámbitos: cultura, medio ambiente, temas sociales y laborales.
¿Cómo se integra esta visión en el proyecto Reactiva Brañosera?
Natalia Torrecilla. El proyecto, que concluyó en diciembre de 2025, ha abordado el deterioro de los paisajes de montaña y los sistemas comunales de bosques y pastos debido fundamentalmente a la pérdida de población rural, los cambios en las explotaciones ganaderas y forestales, y el abandono de prácticas tradicionales como la trashumancia y el pastoreo. Esto implica perder oportunidades económicas y el aumento de riesgos como los incendios. Hemos querido revertir esta tendencia mediante un modelo de gestión sostenible de bosques y pastos a partir de la investigación, el conocimiento y actuaciones sobre el terreno, con el fin de reactivar la bioeconomía y aportar oportunidades de empleo y desarrollo.
Antes de explicarnos los detalles, ¿por qué en Brañosera?
Natalia. Por su simbolismo, al considerarse el ayuntamiento más antiguo de España, data del siglo IX; y porque sus características naturales y sociales son representativas de otros muchos municipios rurales. Es un pueblo muy pequeño, pero con casi 5.700 hectáreas de pastos y montes comunales. Antiguamente, recibía muchísima trashumancia desde Extremadura y los ganados desbrozaban de forma natural. Ahora han desaparecido o se han reducido muchísimo, por lo que acumulan una densidad de forraje muy alta. La idea del proyecto es demostrar que los territorios de Ávila y Palencia, con características similares, comparten necesidades y, por tanto, el mismo tipo de soluciones.
¿En qué consisten esas soluciones compartidas?
Natalia. Combinamos ejes complementarios. En primer lugar, el estudio y diagnóstico de los paisajes, la caracterización de la masa forestal y los pastos, con monitorización de datos ambientales que sustentan los criterios técnicos y científicos. A partir de ese conocimiento, gestionamos desbroces selectivos y la reforestación en zonas estratégicas, o introducimos rebaños de cabras en trashumancia para equilibrar la masa forestal y prevenir incendios. Estas intervenciones también contribuyen a recuperar suelos que estaban degradados, a mejorar el ciclo del agua, conservar la biodiversidad y aumentar la capacidad de capturar CO2.
Aplicamos un modelo de gestión forestal coordinada. Existen zonas donde no pueden llegar ni las máquinas ni las personas para desbrozar, pero sí las cabras. Ahí es donde interviene el desbroce animal para complementar el mecánico, crear cortafuegos y caminos de acceso en zonas con alta densidad de matorral acumulado con los años.
¿Cómo se beneficia la economía de zonas que necesitan generar empleo para arraigar población?
Natalia. Es otro eje fundamental para fomentar oportunidades laborales a partir de la gestión del paisaje, desde nuevas actividades agroturísticas a fomentar el sector ganadero mejorando las infraestructuras o mediante la Escuela de Pastores. Por ejemplo, los turistas podían disfrutar de una jornada de trashumancia junto al pastor y su ganado, o aprender cómo se elabora el queso de cabra. Además, hemos compartido con la gente de Brañosera todas esas experiencias y conocimientos para poner en valor unos recursos rurales con muchas oportunidades sin explotar.
La Escuela de Pastores es un proyecto que llama mucho la atención, ¿en qué consiste y cómo se enmarca en la gestión integral del entorno? ¿Cuál es el perfil de los participantes?
Natalia. Es una experiencia muy prometedora. De hecho, aunque ha terminado la tercera edición [se han celebrado dos en Ávila, una en Palencia y la Fundación estudia la posibilidad de organizar otras], nos siguen contactando personas que quieren participar. Desarrollamos un curso teórico-práctico de ganadería extensiva de ovino y caprino, con pastores profesionales que aportan sus rebaños y conocimientos para formar a los alumnos. En total han participado 63 personas con unos perfiles muy interesantes y diversos: la mayoría son muy jóvenes, menores de 25 años; más de la mitad son mujeres, y hemos contado con varios inmigrantes venezolanos, y también una persona con discapacidad. Y no solo de Ávila o Palencia, también de Burgos, Extremadura, Baleares… Hay bastantes estudiantes de capacitación agraria y nativos digitales que buscan compaginar el teletrabajo o algún otro negocio con una pequeña explotación ganadera para instalarse en un pueblo. Por eso, uno de los contenidos clave es la ayuda de las tecnologías, como el uso de collares GPS y aplicaciones móviles para monitorizar el rebaño dentro de un perímetro controlado. La tecnología es clave para hacer el oficio más llevadero. Por cierto, cuando terminan el curso siguen en contacto, comparten canales y se ayudan cuando algunos deciden dar el paso y profesionalizarse.
Además de tu labor en la Fundación, eres alcaldesa de un pueblo abulense, conoces bien las necesidades rurales. ¿Qué es lo más valioso que has aprendido de la Escuela de Pastores?
Natalia. Los saberes de los pastores, su conocimiento del entorno, las estaciones, las estrellas, los animales, cómo gestionan las parideras… Ese conocimiento tradicional no se aprende en ningún sitio. Y si no tuviésemos a los pastores que lo han perpetuado, ahora mismo, sobre todo en ganadería extensiva, estaríamos muy perdidos.
Otra experiencia que nos ha sorprendido: han venido asociaciones interesadas en crear rebaños municipales para que los gestione todo el pueblo y así limpiar y desbrozar el entorno.
El objetivo de Reactiva Brañosera es que trascienda el mismo pueblo. ¿Cuál es la clave que puede inspirar o guiar a otros municipios?
Natalia. La cooperación entre entidades, porque además de Fundación Ávila han colaborado la Universidad de Valladolid, el Ayuntamiento de Brañosera y Fundación Santa María la Real, todo apoyado por la Fundación Biodiversidad, del Ministerio de la Transición Ecológica y Reto Demográfico. Distintas entidades se alían para trabajar juntas en un plan estratégico y han convertido este proyecto en una globalidad con buenos resultados.
Carlos. Creo que hemos conseguido encajar este proyecto en la sociedad, en el pueblo de Brañosera, ponernos en su piel para entender sus problemas, lo que nos decían los pastores, ganaderos y forestales de allí. Evolucionar desde una idea que teníamos, muy grande, e ir dándole forma para buscar otras soluciones a otros proyectos que nos hemos encontrado.