En las zonas del planeta cubiertas por el mar, manglares, marismas y praderas marinas no solo albergan una enorme diversidad de especies, sino que, al igual que la vegetación terrestre, capturan y almacenan dióxido de carbono de forma natural y duradera. Al carbono que almacena esta vegetación acuática se le conoce como carbono azul, mientras que el llamado carbono verde es aquel que capturan las plantas terrestres.
La base es, en esencia, la fotosíntesis. Las plantas y los organismos marinos absorben dióxido de carbono tanto del agua como de la atmósfera y lo convierten en biomasa mediante procesos biológicos. Este carbono pasa a conformar sus tejidos y, con el tiempo, una parte se deposita en el fondo marino. Al quedar enterrado en los sedimentos, donde la escasez de oxígeno hace que se descomponga mucho más despacio que en la superficie terrestre, el carbono queda inmovilizado durante décadas o incluso siglos.
Tal y como explica Emily Pidgeon, directora senior de Iniciativas marinas estratégicas en The Blue Carbon Initiative, "a diferencia de otros entornos naturales, las condiciones de bajo oxígeno en los suelos de estos sistemas permiten que puedan retener carbono desde siglos hasta milenios, siempre que los ecosistemas se mantengan en buen estado de conservación, lo que los convierte en depósitos de carbono de enorme valor global".
En cada ecosistema, un mundo
Cada ecosistema costero actúa de manera diferente. En los manglares, por ejemplo, las complejas redes de raíces aéreas y los suelos inundables actúan como trampas naturales de carbono, al tiempo que protegen las costas frente a la erosión y sirven de refugio para numerosas especies.
Las marismas combinan vegetación halófila (aquella que se encuentra en ambientes con gran cantidad de sales) y sedimentos ricos en nutrientes, lo que favorece una elevada capacidad de almacenamiento de carbono y una gran productividad biológica.
En el caso de las praderas marinas, las de posidonia en el Mediterráneo, por ejemplo, son auténticas "guardianas del carbono": pueden capturar entre 33 y 426 gramos de carbono por metro cuadrado al año. En comparación, los bosques tropicales, como la selva amazónica, fijan entre 200 y 300 gramos de carbono por metro cuadrado al año, pero buena parte de ese carbono se libera más rápidamente, sobre todo si los bosques son talados o degradados.
Iniciativas alrededor del planeta
En los últimos años, se han puesto en marcha iniciativas que demuestran cómo la conservación activa del carbono azul y la restauración de estos ecosistemas pueden ofrecer resultados tangibles.
Un ejemplo destacado es el proyecto de carbono azul para la captación de CO₂ en la Bahía de Cádiz, impulsado por la Junta de Andalucía en colaboración con entidades públicas, científicas y un consorcio de empresas integrado por Iberostar Hotels & Resorts, Navantia, Moeve, Eulen y Metro de Málaga. Considerado el primer proyecto de carbono azul en España y uno de los más relevantes a nivel europeo bajo estándar público, contempla la restauración de 155 hectáreas de marismas mareales en la margen norte del río Guadalete.
Su objetivo es restaurar la funcionalidad natural de este ecosistema, permitiendo el desarrollo de la vegetación de este entorno y generando un sumidero de carbono de alta eficiencia. La iniciativa cuenta con el respaldo técnico de la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente, así como también la colaboración de la Universidad de Cádiz, ajustándose al Estándar Andaluz de Carbono Azul, una metodología validada por AENOR que garantiza la trazabilidad y la verificación periódica de los resultados.
Otro ejemplo reciente es el proyecto de restauración de praderas marinas que la Fundación Moeve impulsa junto al Ayuntamiento de La Línea de la Concepción y la Universidad de Cádiz. Esta iniciativa tiene como objetivo recuperar especies clave como Posidonia oceánica y otras angiospermas marinas en la playa de Poniente, donde existieron poblaciones hace décadas.
El proyecto contempla la producción previa de plantas y semillas en esteros durante el invierno para iniciar la restauración en primavera de 2026 mediante técnicas innovadoras que incrementan la tasa de éxito y reducen costes. Así, además de reforzar la biodiversidad y proteger la costa frente a la erosión, estas praderas actúan como sumideros naturales de carbono azul.
A nivel internacional, iniciativas como Vida Manglar Carbon Project, impulsado por Conservation International en el Caribe colombiano, han demostrado que la restauración de manglares puede generar un impacto positivo significativo en el medioambiente.
En Asia se ha puesto en marcha The International Blue Carbon Institute, con sede en Singapur, para apoyar la protección y restauración de ecosistemas costeros de carbono azul en el Sudeste Asiático y Pacífico, regiones con una enorme extensión de manglares y pastos marinos.
Estos proyectos combinan ciencia, conservación y colaboración con el objetivo de reforzar la protección de los ecosistemas y mejorar su capacidad para almacenar carbono de forma natural.