¿Y si pudiéramos conocer la salud de la naturaleza solo con escucharla? Ahora es posible gracias a la ecoacústica, la disciplina científica que estudia cómo los sonidos del medio ambiente reflejan la salud de los ecosistemas que viven en ellos. En lugar de observar únicamente con la vista, esta ciencia propone escuchar los paisajes para detectar cambios sutiles en la fauna, los hábitats y las influencias humanas.
Para ello, los investigadores utilizan grabadoras automáticas distribuidas en el entorno que registran el sonido durante las 24 horas del día. Este control permite capturar todos los ruidos de forma no invasiva, ya que las grabadoras (cada vez más pequeñas y camuflables) se instalan en árboles o postes, a menudo alimentadas por paneles solares, y recopilan datos sin perturbar a la fauna.
Entre los sonidos de un ecosistema, se suelen analizar tres componentes: la biofonía, que son los sonidos de origen biológico producidos por animales, como los cantos de anfibios o insectos; la geofonía, que trata los sonidos no biológicos, como la lluvia, el viento entre los árboles o el romper de las olas; y la tecnofonía (también llamada antropofonía), que es el ruido generado por la actividad humana y su tecnología, desde el murmullo del tráfico hasta los aviones sobrevolando cualquier territorio. Idealmente, un territorio saludable debería tener un balance rico de biofonía y geofonía, con escasa interferencia de tecnofonía. Por eso, cuando los científicos evalúan su estado, pueden intuir la pérdida de biodiversidad o degradación del hábitat.
Ahora bien, ¿qué ventajas tiene este sistema? A diferencia de los métodos tradicionales de observación, como los conteos visuales o las trampas fotográficas, las grabaciones pueden detectar, en según qué lugares, más especies por sonido que por vista, especialmente aquellas de hábitos nocturnos. Además, los miles de horas de grabación se convierten en archivos históricos que documentan cómo era un lugar en un momento dado, algo de valor incalculable para comparar las tendencias ecológicas a largo plazo. Por otro lado, el hecho de que las grabadoras operen día y noche sirve como vigilancia constante del entorno y a muy bajo coste, lo cual es de gran importancia en lugares de difícil acceso (selvas densas, áreas marinas) o durante eventos cuando los investigadores no pueden estar presentes.
Uno de los proyectos más ambiciosos en este campo es el Australian Acoustic Observatory (A2O), una red continental de sensores acústicos desplegados por toda Australia. Desde sus inicios en 2019, A2O ha instalado cientos de oídos electrónicos en 100 lugares diferentes, desde desiertos y matorrales hasta bosques tropicales. Los dispositivos que se utilizan funcionan con energía solar y graban sonido ambiente de manera continua, para luego poder analizarlo.
Para interpretar esta enorme cantidad de información sonora, los científicos normalmente emplean índices acústicos (entendido como métricas matemáticas que resumen aspectos del paisaje sonoro) e inteligencia artificial. En el caso de este segundo elemento, se entrenan algoritmos de aprendizaje automático que reconocen, entre muchas otras cosas, llamadas de especies específicas dentro de la mezcla de sonidos. Por ejemplo, herramientas como BirdNET pueden identificar automáticamente cientos de cantos de aves. De este modo, el volumen de información que manejan los laboratorios de ecoacústica, como el A2O, es inmenso. En su caso, acumulan alrededor de 2 petabytes de audio ambiental, el equivalente a 2.000 años sin parar de material grabado.
Gracias a la ecoacústica, los científicos de A2O pueden seguir la recuperación de las especies de fauna y flora tras los incendios forestales que azotaron Australia recientemente. Por ejemplo, mediante el análisis de las biofonías antes y después del fuego, pueden detectar si vuelven los cantos de ciertas aves, el llamado de marsupiales nocturnos o el croar de las ranas. De hecho, expertos señalan que esta disciplina permite escuchar el retorno de la vida allí donde el paisaje quedó silenciado tras la catástrofe.
En conclusión, la ecoacústica podría estar cambiando la forma en que entendemos y cuidamos nuestros ecosistemas. Cada gorjeo de gorrión y cada silbido del viento puede darnos información muy valiosa. Solo hace falta afinar el oído para descubrir que el planeta nos habla y nos da pistas para su conversación. Escuchar el medio ambiente puede ser, por tanto, otra manera de protegerlo.