La simbiosis entre seres vivos (plantas, flores, semillas...) y los polinizadores se remonta a unos 100 millones de años atrás. Es uno de los hitos más fascinantes de la evolución y una alianza estratégica y sostenida que ha permitido la diversificación en la Tierra. Es decir, sin abejas, mariposas, moscas e incluso hormigas, nuestro planeta sería otro o no existiría tal y como lo conocemos.
¿Por qué? Sin el transporte de polen realizado por insectos, aves y mamíferos, la mayoría de los ecosistemas terrestres no habrían fructificado. Desde el punto de vista biológico, señalan desde los centros de investigación del CSIC, como el Real Jardín Botánico, a través del proyecto educativo SOS Polinizadores o la Estación Biológica de Doñana, los polinizadores actúan como arquitectos del paisaje.
Al elegir qué plantas visitan, los polinizadores determinan qué especies prosperan y cómo se distribuye la vegetación en el territorio, que a su vez es la base para la subsistencia de otras especies animales. También fomentan la genética de las plantas en nuevas variedades que las hace más resilientes ante los cambios ambientales.
Todavía más relevante es su papel en nuestra alimentación. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el 90% de las plantas con flores y el 75% de los cultivos alimentarios mundiales depende de la polinización animal. Dicho de otro modo, el 71 de los 100 cultivos que proporcionan el 90% de los alimentos del mundo son polinizados por animales. Sin este servicio de 'transporte' dinámico de semillas prácticamente invisible, el sistema estaría seriamente comprometido.
¿Qué sabemos de los polinizadores?
Aunque la abeja es el polinizador más conocido, lo cierto es que existe una enorme diversidad de insectos que cumplen esta función vital para la biodiversidad y la producción de alimentos. Los principales grupos son los himenópteros (abejas, avispas, abejorros, especialmente valiosos en climas fríos…); y los lepidópteros (mariposas y polillas).
La polinización es un proceso continuo que no se detiene, aunque es durante la primavera cuando alcanza su cénit; las mariposas, por ejemplo, que se conocen como polinizadores de paso, actúan con la luz del sol y el transporte de semillas se produce de forma accidental mientras buscan el néctar para ellas mismas, a diferencia de las abejas que lo realizan de forma activa para alimentar a sus crías. Las polillas, por su parte, completan la tarea al caer la noche como polinizadores nocturnos. En cuanto a las mariposas, su cualidad más llamativa es que pese a su aparente fragilidad, recorren enormes distancias, promueven la variedad botánica y acceden a flores profundas gracias a la morfología de su trompa.
Un tercer grupo lo conforman los dípteros: moscas y sírfidos, similares a las llamadas moscas de la fruta y cuyo rol es imprescindible en zonas alpinas y árticas, donde el acceso y la aclimatación son más complejos. Y en cuarto lugar están los coleópteros (escarabajos), considerados los primeros polinizadores de la historia. Por último, las hormigas también contribuyen a transportar polen y semillas de ciertas especies.
Polinizadores de ciudad
Habitan a nuestro alrededor, en las copas de los árboles, jardines y tejados, también entre calles y asfalto. La presencia de abejas, mariposas y sírfidos en las urbes es, en realidad, un bioindicador: filtran contaminantes, actúan como un sistema de alerta temprana -detectan la presencia de metales pesados- y operan como centinelas de la biodiversidad; su disminución es el primer síntoma de un ecosistema que ha perdido su capacidad de autorregularse. Además, al fomentar la reproducción de la flora urbanita, los polinizadores también están ayudando a mitigar el efecto de 'isla de calor' que se genera en los entornos urbanos.
En este contexto, una tendencia creciente en la planificación urbana es la instalación de infraestructuras específicas para la fauna. No se trata solo de abejas; muchas ciudades están instalando cajas nido para pájaros (como carboneros o herrerillos) que actúan como controladores naturales de plagas; y refugios para murciélagos, mamíferos voladores esenciales que pueden consumir miles de insectos en una sola noche y que también cumplen funciones polinizadoras en diversos climas.
Amsterdam Sustainability es uno de los mejores ejemplos de ello. La ciudad no se limitó a plantar flores, sino que convirtió los tejados de las paradas de autobús en jardines y fomentó la instalación masiva de hoteles de insectos. Esta red de microrrefugios ha permitido que la ciudad sea un santuario para especies que se creían desaparecidas y hoy es un modelo para el resto de las urbes.
'Líneas de zumbido'
La Comisión Europea, en el documento: A New Deal for Pollinators (Un nuevo acuerdo para los polinizadores, 2023) -actualización del acuerdo estratégico del 2018 para frenar el declive de los insectos polinizadores silvestres- destaca que los espacios verdes urbanos reducen el estrés de los ciudadanos y mejoran la resiliencia de las infraestructuras frente a posibles inundaciones.
Una de las metas que ese informe establece para 2030 pasa por la creación de las llamadas buzz lines o líneas de zumbido. Una red de corredores ecológicos por Europa que conecta hábitats fragmentados, permitiendo que las especies se desplacen y encuentren refugio. Un ejemplo en España lo encontramos en un corredor pionero que conecta poblaciones de polinizadores entre el Castillo de Puebla de Sanabria (Zamora) y el Castelo de Bragança en Portugal, mientras la Universidad Autónoma de Madrid activa el proyecto BeeConnected SUDOE (2025–2028) con el fin de que los polinizadores vuelvan a fluir entre paisajes fragmentados de Castilla La Mancha.
Proteger la acción de los polinizadores es hoy una prioridad en el diseño de las ciudades que se impulsa a través de políticas públicas a escala europea a favor de la seguridad alimentaria y la sostenibilidad. Por tanto, asegurar el futuro de estos pequeños insectos, 'guardianes de la biodiversidad' es, en definitiva, impulsar el equilibrio del planeta.