Cada vez más viajeros buscan experiencias que les permitan entender de manera profunda el lugar que visitan, conversar con quienes lo habitan y participar, aunque sea por pocas horas, en su cotidianidad. Según el último estudio de tendencias de viaje de Skyscanner, basado en datos de búsquedas y encuestas, en 2026 los viajes con foco en experiencias inmersivas incrementarán de manera considerable.
En ese mapa de preferencias crece con fuerza el apiturismo, una forma de turismo experiencial y sostenible que convierte a las abejas en unas compañeras de viaje muy especiales. España parte, además, con gran ventaja, pues es el país con mayor censo de colmenas de la Unión Europea y uno de los principales productores de miel a nivel mundial. En este contexto, el turismo apícola se convierte en una propuesta coherente con el auge de un turismo más responsable, donde se conecta conocimiento, territorio, impacto y sostenibilidad en una misma experiencia.
La importancia del entorno
El apiturismo propone acompañar a un apicultor durante el proceso de recogida de la miel, descubriendo el funcionamiento de una colmena, participando en una cata de miel o recorriendo senderos donde la floración marca el calendario. El objetivo es comprender el papel esencial de las abejas y otros polinizadores en el equilibrio de los ecosistemas y en la producción alimentaria.
La relevancia de esta actividad va más allá del interés gastronómico, pues según la FAO más del 75% de los cultivos alimentarios depende, en alguna medida, de la polinización. Frutas, verduras, frutos secos o semillas forman parte de esta cadena que sostienen abejas y otros polinizadores. El turismo apícola funciona como una herramienta de sensibilización y permite entender que la miel es más que el producto final, sino que es el resultado de una interacción entre biodiversidad, clima y conocimiento tradicional.
España cuenta con condiciones especialmente favorables para su desarrollo, gracias a la diversidad de paisajes, climas y floraciones. Algo a destacar es que en La Alcarria (Guadalajara) la miel cuenta con Denominación de Origen Protegida (DOP), un reconocimiento que pone en valor las características únicas que dependen directamente de la flora local. Bajo este sello se agrupan 28 empresas ubicadas en un área geográfica que abarca cerca de 230 municipios productores. Entre ellas, Colmenar Valderromero es un ejemplo de apicultura familiar que trabaja distintas variedades bajo la DOP, lo que representa un modelo de producción vinculado al territorio que respeta la biodiversidad y la tradición. Una experiencia de la que se puede disfrutar con la observación de la colmena, además de conocer el obrador, degustar las distintas variedades y visitar el museo para conectar con la tradición apícola de la zona.
Tres experiencias entre abejas
En muchos casos, el apiturismo genera una red de colaboración entre pequeños productores, alojamientos rurales, restaurantes y centros educativos. Así, la miel deja de ser un producto aislado para convertirse en el nexo de experiencias turísticas diferentes.
En la Sierra de Segaria, en Alicante, El Serralet de Segària, empresa familiar que lleva más de 80 años trabajando en el sector apícola, pone a disposición de los visitantes conocer de cerca cómo se cuidan y crían las abejas, además de aprender sobre el proceso de producción de miel y otros productos derivados. Al comprar productos locales y artesanales, los visitantes también están apoyando a las pequeñas empresas y a la economía del territorio.
Otro ejemplo de estas actividades es Miel Montgó, empresa alicantina que centra su principal actividad en la producción de miel 100% natural y ecológica. Se combinan visitas guiadas, talleres y degustaciones en el entorno del Parque Natural del Montgó, en Denia. Asimismo, pone en marcha el servicio de apadrinamiento de colmenas para empresas y profesionales, con el objetivo de dar visibilidad a la importancia de cuidar tanto a las abejas como a la biodiversidad.
En la Sierra Norte de Madrid, Ariki Apicultura, un proyecto de apicultura sostenible con un fuerte componente educativo, invita a los visitantes a ser apicultores por un día. Sus recorridos didácticos combinan educación ambiental y desarrollo rural, con propuestas que van desde talleres de cosmética natural elaborada con cera y propóleo hasta catas especializadas de miel, una práctica que algunos ya denominan api-gastronomía. Estas iniciativas no solo permiten conocer el proceso de producción de la miel, sino también comprender la importancia estratégica de los polinizadores para la agricultura y la biodiversidad.
En un momento en el que el turismo se reinventa para reducir su impacto y aumentar su contribución positiva, propuestas como el apiturismo apuntan hacia un modelo más sostenible y equilibrado. Se trata de impulsar experiencias que generen valor en el territorio y que nos permitan comprender los procesos que sostienen nuestro entorno. Y es que, como decía el novelista Marcel Proust: "El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos".