Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el acceso a espacios verdes puede ayudar a mejorar el bienestar físico y mental. Es particularmente relevante en las grandes metrópolis donde, de acuerdo a la ONU, se concentra el 55% de la población mundial. Por ello, integrar la naturaleza en la ciudad es mucho más que una tendencia urbanística; "es una necesidad climática y social", sostiene la OMS.
En este sentido, la biodiversidad urbana cobra especial importancia. Se define como el conjunto de especies (plantas, animales, hongos y microorganismos) que conviven en los entornos urbanos y que pueden albergar una sorprendente riqueza biológica e incluso servir de refugio crítico para especies en peligro de extinción.
¿Cómo? Más allá de los parques urbanos clásicos, las soluciones se multiplican: corredores biológicos, cubiertas y muros vegetales, jardines de lluvia (excavados en la tierra que actúan como filtro y esponja natural) y bosques urbanos que se abren para conectar personas y ecosistemas. También tejados y fachadas, que multiplican la presencia de polinizadores y huertos comunitarios, que conjugan la apuesta por la agricultura eco para consumo propio con la generación de un sentido de barrio y comunidad.
Jardines de lluvia y techos de abejas
En este contexto, los entornos urbanos pueden convertirse en parte de la solución para preservar la biodiversidad si se gestionan con criterios ecológicos.
Entre los ejemplos más destacados sobresale Singapur, que ha logrado auparse con el sobrenombre de 'ciudad jardín', por sus parques abiertos, fachadas vegetales y reservas naturales integradas en el tejido urbano. Al otro lado del Atlántico, destaca también la apuesta de Medellín por corredores verdes que redujeron la temperatura media en zonas densamente urbanizadas.
En Europa, Copenhague ha incorporado soluciones verdes para gestionar el exceso de lluvia, como hacer del parque de Enghave Parken una solución preventiva contra inundaciones. Espacios bajo tierra que almacenan agua y emplean baldosas inteligentes (climate tile) para gestionar el agua de lluvia y reducir la presión sobre el alcantarillado, además de aumentar la biodiversidad y crear espacios recreativos.
También en Utrecht (Holanda) han transformado cientos de paradas de autobuses en refugios para abejas a partir de techumbres elaboradas con plantas sedum (suculentas, famosas por su resistencia y capacidad para almacenar agua). Las abejas, por su parte, hacen su ingente labor como polinizadoras y expansoras de biodiversidad, con un papel fundamental en la seguridad alimentaria.
Londres tomó nota y apostó por un pasillo de flores silvestres de 11 kilómetros en el barrio de Brent como corredor para estos insectos.
En España, es llamativo el caso de Vitoria-Gasteiz, reconocida como Capital Verde Europea, por un anillo verde de 33 kilómetros, para recorrer a pie o en bici, que conecta parques periurbanos y mejora la conectividad ecológica y la movilidad sostenible. También Barcelona se abre a la biodiversidad con nuevos diseños urbanísticos que incorporan ejes verdes y supermanzanas para reducir tráfico y aumentar espacios naturales.
En definitiva, los beneficios de la biodiversidad urbana sobre las personas animan a repensar el diseño de las ciudades poniendo el foco en la vegetación. En definitiva, menos muros y más espacios de interconexión entre el hombre y la naturaleza con la recuperación de ríos y espacios que contribuyan a la protección de especies autóctonas para impulsar la sostenibilidad y el bienestar.