¿Instinto animal, sexto sentido o una premonición certera basada en señales ambientales que los seres humanos ignoramos o que no somos capaces de captar? Es un debate abierto desde hace siglos que se ha mantenido en el imaginario colectivo sin pruebas científicas, pero igualmente extendido en el territorio. Confiere a los animales salvajes y domésticos la capacidad de anticipar fenómenos naturales como la lluvia, el cambio de los vientos, aludes o terremotos.
Lo cierto es que la ciencia moderna, apoyada por investigaciones recientes, sostiene que los animales no predicen el clima de forma fidedigna, como un modelo meteorológico basado en una combinación de disciplinas como la física o las matemáticas, e incluso con la ayuda de satélites y herramientas de IA muy avanzadas. Además, los fenómenos climáticos que se suceden en la corteza terrestre tienen un margen de incertidumbre y variabilidad que no es posible alcanzar a determinar con total precisión.
No obstante, hay evidencias de que los animales sí son extremadamente sensibles a cambios ambientales sutiles que preceden a variaciones meteorológicas a corto plazo. Es decir, no los predicen pero sí los perciben. Funcionan como bioindicadores debido a que pueden procesar estímulos físicos que los humanos ignoramos como la presión barométrica o la humedad que capta su olfato.
Cambios de comportamiento
¿Y cómo lo manifiestan? Cada especie lo hace con sus propias herramientas y un denominador común; cambios en su comportamiento. Son respuestas físicas que responden a lo que sus sentidos perciben como cambios ambientales inminentes.
Por ejemplo, es el caso de muchas especies de aves que reaccionan a cambios de presión que normalmente preceden a las tormentas alterando sus rutinas de vuelo o caza en su hábitat. Un estudio destacado publicado en Scientific Reports encontró que el comportamiento de ciertas aves (como el tordo Veery) puede correlacionarse con patrones climáticos estacionales -aunque esto no es predicción consciente, sino una respuesta evolutiva a condiciones ambientales recurrentes-. De esta forma, captan ultrasonidos imperceptibles para los seres humanos que les alertan de, por ejemplo, un tornado.
Por otro lado, en la tierra, los insectos como las abejas o las hormigas se caracterizan por anticipar esos cambios de presión que se acercan con la lluvia como si un barómetro natural las guiase y, por ello, eligen resguardarse en la colmena o el hormiguero.
Reptiles y anfibios, por su parte, aúnan otra característica que los hace especialmente intuitivos: son ectotermos o de sangre fría; esto es, que dependen del sol para su supervivencia porque no generan calor interno y su actividad metabólica está directamente conectada con el ambiente. Esto les permite adelantarse todavía más a los cambios de clima modificando su comportamiento, ya que suelen estar más activos antes de la lluvia (heliotermia) para absorber directamente más radiación solar.
En cuanto a los mamíferos y demás fauna silvestre, tal y como refleja el informe de FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, también es habitual que busquen refugio de forma instintiva antes de un cambio brusco de tiempo para mejorar sus opciones de supervivencia.
El olor de la lluvia y vibraciones en el mar
Los perros y otras especies domésticas también pueden detectar el olor del ozono generado por los rayos o el aumento de la humedad en el aire mucho antes de que llueva y, por ejemplo, ladrar a modo informativo. Peces y tiburones también tienen la capacidad de percibir cambios mínimos en la presión hidrostática para buscar refugio en aguas más profundas.
Por último, y aunque no pueden predecirlo pero sí percibirlo con mayor intensidad, la ciencia trata de aprovechar y utilizar este potencial intuitivo de los animales para recabar datos más precisos. Un ejemplo son los investigadores de la Universidad de Yale que incorporan etiquetas electrónicas -respetuosas y no invasivas- en animales (como focas elefante o cigüeñas) para monitorizar la salinidad del océano u otras condiciones atmosféricas en tiempo real. Una lente biológica que complementa la información científica de los satélites y modelos climáticos de última generación.