Los manglares figuran entre los ecosistemas tropicales más valiosos de la Tierra, tanto por su belleza como por su labor medioambiental. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) los define como humedales costeros formados por árboles y arbustos capaces de crecer en zonas intermareales de aguas salinas en regiones tropicales y subtropicales. También se les conoce como bosques azules, dada su gran capacidad para extraer y almacenar CO₂ de la atmósfera. Esto es porque, al crecer en suelos saturados de agua salobre (una mezcla de agua dulce y agua de mar), la materia orgánica de los manglares se descompone muy lentamente y se acumula debajo de ellos. De este modo, el carbono que las plantas capturan queda encerrado bajo el fango durante varios siglos en lugar de regresar rápidamente a la atmósfera. En datos, son capaces de capturar alrededor del 15% del carbono de todas las costas, a pesar de que representan solamente el 1% de los bosques tropicales del planeta. Asimismo, algunos estudios señalan que pueden capturar hasta cinco veces más carbono que las selvas terrestres.
Buena parte de estos ecosistemas se extiende por la Sudamérica amazónica, que abarca países como Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, Venezuela, Guyana, Surinam y Guyana Francesa. Sin embargo, es Brasil quien concentra la mayoría: casi el 12% de los manglares. De hecho, en la desembocadura del Amazonas y las costas adyacentes al país se halla el bosque de manglar más extenso del planeta, con más de 7.800 km² de superficie.
Por otro lado, los manglares también aportan servicios ambientales a nivel local. Gracias a sus redes de raíces y troncos actúan como barreras naturales frente a tormentas y marejadas, por lo que pueden absorber el impacto de las olas y reducir la erosión costera. De forma similar, estos humedales filtran sedimentos, plásticos y contaminantes que de otro modo acabarían en mar abierto. Los manglares, por tanto, son como una especie de riñón ecológico que mantiene la calidad del agua.
Más allá de lo ambiental, los manglares tienen un enorme valor social para las comunidades cercanas. Por ejemplo, en el norte de varios países amazónicos, la pesca artesanal de cangrejos, moluscos y peces en estos bosques es parte importantísima de la vida local. En algunos territorios de Brasil, la captura proveniente de los manglares supone hasta el 50% de toda la producción pesquera artesanal. Familias enteras se adentran en el barro para recolectar los llamados caranguejos uça, ostras, camarones y otras especies, siguiendo métodos tradicionales que aprendieron de sus antepasados. Estos bosques están incluso ligados a la identidad cultural, y esto se observe en pueblos ribereños de la Amazonía donde se relatan leyendas sobre los manglares.
Hoy en día, el destino de los manglares amazónicos trasciende las fronteras nacionales y se ha convertido en un tema de interés global. No es casualidad que la pasada cumbre del clima COP30 (Noviembre del 2025) se celebrase en Belém, puerta de entrada al Amazonas brasileño, y es que hace tiempo que científicos, líderes indígenas y organizaciones civiles vienen enfatizando la necesidad de impulsar compromisos tangibles para proteger los manglares y ecosistemas similares. De estos “riñones” ecológicos depende, en buena medida, el equilibrio de un planeta conectado por las arterias que son sus ríos, mares y océanos y por tanto, la salud de estos protectores azules del Amazonas resulta esencial para el bienestar global.