Lejos de los focos, pequeñas islas repartidas por Europa han demostrado que un modelo energético basado casi por completo en fuentes renovables no solo es posible, sino que ya funciona en condiciones reales.
Territorios como El Hierro, en Canarias, o la isla danesa de Samsø se han convertido en referentes internacionales gracias a sistemas capaces de combinar energía eólica, solar e hidráulica para reducir de forma significativa su dependencia de fuentes energéticas convencionales. Sus experiencias ofrecen además una hoja de ruta para otras regiones que buscan ganar autonomía energética e impulsar la transición hacia un modelo energético más sostenible.
No es casualidad que algunas de las iniciativas más avanzadas hayan surgido precisamente en estos territorios. La Agencia Internacional de la Energía (IEA), por sus siglas en inglés, ha destacado en varias ocasiones el potencial de las islas como espacios para probar soluciones innovadoras de integración de energías renovables y almacenamiento, antes de aplicarlas a mayor escala. Sin embargo, también advierte de que estos sistemas implican importantes retos, especialmente en términos de costes iniciales e infraestructuras, ya que los territorios insulares dependen en muchos casos de tecnologías más complejas para garantizar la estabilidad del suministro.
El potencial energético de los territorios insulares
La condición insular, tradicionalmente percibida como un reto para acceder a recursos energéticos externos, ha terminado convirtiéndose en un estímulo para la innovación. Al no poder depender fácilmente de las grandes redes eléctricas continentales, estas islas han desarrollado sus propias soluciones para garantizar el suministro.
En este contexto, diferentes estudios sobre sistemas energéticos aislados apuntan que la combinación de varias tecnologías renovables con mecanismos de almacenamiento es una de las estrategias más eficaces para impulsar la descarbonización y aumentar la estabilidad de la red.
El Hierro: referente nacional de la energía hidroeólica
Uno de los ejemplos más conocidos es El Hierro, la más occidental de las Islas Canarias. Desde hace más de una década, la isla alberga la central hidroeólica de Gorona del Viento, una instalación pionera que combina energía eólica con un sistema de almacenamiento mediante agua. Cuando los aerogeneradores producen más electricidad de la necesaria, el excedente se utiliza para bombear agua a un depósito situado en una zona elevada. Después, cuando disminuye el viento, ese mismo agua se libera para generar electricidad a través de turbinas hidráulicas.
Este sistema ha permitido que, en determinados periodos, la isla funcione exclusivamente con energías renovables durante varios días consecutivos. En 2019, por ejemplo, El Hierro logró abastecer toda su demanda eléctrica con fuentes renovables durante 24 días seguidos, un hito que consolidó a Gorona del Viento como uno de los proyectos más destacados en el ámbito de los sistemas eléctricos aislados.
El 'espejo' danés
A más de 3.000 kilómetros de distancia, en Dinamarca, la pequeña isla de Samsø protagonizó una transformación igual de ambiciosa. A finales de la década de los noventa fue seleccionada por el Gobierno danés para convertirse en un laboratorio de transición energética. Lo que comenzó como un proyecto piloto terminó siendo uno de los casos de éxito más estudiados a nivel internacional.
La isla apostó por una combinación de parques eólicos terrestres y marinos, sistemas de calefacción alimentados con biomasa y una fuerte implicación de la población local en la financiación y propiedad de las infraestructuras energéticas. En pocos años, Samsø consiguió generar tanta energía renovable como la que consumían sus habitantes, alcanzando un balance energético prácticamente neutro y reduciendo significativamente su huella de carbono.
Malmö, referente europeo de la transición energética urbana
Aunque las islas se han convertido en escenarios ideales para poner a prueba nuevos modelos energéticos, algunos núcleos urbanos también han servido como laboratorio de innovación. Uno de los casos más conocidos es el de Malmö, en Suecia, considerada una de las ciudades europeas pioneras en transformación sostenible.
Tras décadas ligada a la industria pesada, Malmö inició a finales del siglo XX una profunda reconversión económica y urbanística. Uno de sus proyectos más emblemáticos fue el desarrollo del distrito de Western Harbour (Västra Hamnen), levantado sobre antiguos terrenos portuarios e industriales y diseñado con criterios de sostenibilidad desde sus primeras fases.
El barrio integra energía solar y eólica, sistemas inteligentes de gestión energética, redes eficientes de calefacción y refrigeración y edificios de bajo consumo. Su desarrollo la ha convertido en una referencia internacional de urbanismo sostenible. De hecho, la ciudad prevé cumplir los objetivos del Acuerdo de París en 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono dos décadas antes de lo establecido en los compromisos internacionales.
Es el reflejo de cómo muchas de las soluciones aplicadas en pequeños territorios pueden adaptarse y escalarse también a ciudades de mayor tamaño, a través de una planificación adecuada, con inversión sostenida y una visión a largo plazo de la transición energética.