Quién no ha oído hablar de la manzana de Newton. Según la creencia popular, Isaac Newton se encontraba descansando a la sombra de un manzano cuando su fruto le cayó en la cabeza. La pregunta que se hizo fue por qué la manzana caía siempre recta hacia abajo y no en cualquier otra dirección. En palabras de William Stukeley, un amigo de Newton, que recogió esta anécdota en una biografía del científico, la caída de la manzana le llevó a considerar que la fuerza de gravedad no se limitaba a una cierta distancia de la Tierra, sino que debía extenderse mucho más allá».
La gravedad es una fuerza que no se ve, no hace ruido, no cambia de forma, pero ordena el mundo. Un cuerpo que se encuentre dentro de un campo influido por esta fuerza desarrolla lo que se conoce como energía gravitacional. Cuanto más alejado esté el objeto de la tierra, es decir, cuanto más alto esté, más energía gravitacional tendrá. Se trata de un fenómeno natural y está presente en todos los sistemas que nos rodean.
Uno de los ejemplos más claros y tangibles de energía gravitacional es el agua en movimiento. Cada vez que una gota cae desde cierta altura, está transformando energía potencial en energía cinética, un intercambio puro y elemental. Este principio ha sido aprovechado por las civilizaciones humanas durante milenios. Molinos de agua, norias, complejos canales de riego y, más recientemente, las grandes centrales hidroeléctricas se basan en esa relación ancestral entre la gravedad y el movimiento.
La energía hidráulica, que permite obtener electricidad gracias al aprovechamiento de la energía cinética y potencial de las corrientes o saltos de agua, es una energía sostenible y renovable. Junto con la energía eólica y la solar, es una de las grandes apuestas para impulsar la descarbonización y la producción sostenible de energía. Según los últimos datos publicados por la Asociación Internacional de Hidroeléctrica (IHA), se calcula que actualmente la energía hidráulica proporciona aproximadamente el 14% de la electricidad que se consume en todo el mundo.
Además, la utilidad de las grandes obras hídricas va más allá. Como el agua está almacenada en puntos elevados, también aprovechan la fuerza de la gravedad para distribuirla de forma eficiente, ya que fluye de manera natural hacia zonas más bajas, sin necesidad de recurrir a bombas mecánicas.
Por otro lado, en los sistemas de riego por gravedad, el agua va desde un canal principal hacia acequias o tuberías secundarias que la reparten por los campos, aprovechando la inclinación natural del suelo. También se hace así en las ciudades, donde depósitos elevados permiten que el agua llegue a viviendas y servicios con una presión constante y un menor consumo energético.
Acumuladores de energía por gravedad
Sin embargo, la investigación científica y tecnológica no se detiene y actualmente están surgiendo soluciones innovadoras que usan fuerzas gravitacionales para guardar energía de forma eficaz y sostenible. Por ejemplo, existen sistemas llamados acumuladores de energía por gravedad que funcionan de manera parecida a una batería mecánica: cuando hay un exceso de energía eléctrica disponible —por ejemplo, de parques solares o eólicos—, se utiliza para elevar objetos muy pesados o bloques hasta una posición elevada.
Más tarde, cuando se necesita energía, estos bloques se dejan caer y la energía potencial acumulada se transforma de nuevo en electricidad mediante generadores.
Gravedad urbana: Ciudades esponja
Asimismo, dentro de la Unión Europea encontramos iniciativas como el proyecto StoreMore, que estudia cómo aprovechar elevaciones naturales para guardar energía por gravedad a gran escala en territorios amplios y conectarlas a redes eléctricas.
La gravedad también se está teniendo en cuenta en el diseño urbano, como en el caso de las «ciudades esponja» o sponge cities, desarrolladas inicialmente en China como respuesta a los desafíos del manejo del agua en entornos urbanos densos. La idea es combinar superficies permeables, espacios verdes, jardines de lluvia y humedales artificiales que captan, retienen y liberan el agua de lluvia siguiendo la pendiente natural del terreno aprovechando la fuerza de la gravedad.
En definitiva, hablar de energía gravitacional es hablar de estabilidad. A diferencia de otros fenómenos naturales, la gravedad no fluctúa ni depende de condiciones externas, siempre ha estado y estará ahí: basta con observar cómo, gracias a ella, todo se mantiene y sigue su curso.