La transición hacia un modelo energético más eficiente demanda tecnologías que sean capaces de suministrar energía sostenible, pero también de forma constante. En este contexto, analizamos dos fuentes de energía renovable que se alimentan del Sol, pero presentan ciertas diferencias entre sí: la fotovoltaica y la termosolar.
Y es que, aunque ambas nacen de la misma fuente, no funcionan igual. Confundirlas es un error frecuente, pero la realidad es que siguen caminos distintos para un mismo objetivo: transformar la radiación del sol en la electricidad que consumimos en nuestro día a día.
En pocas palabras, la principal diferencia entre la energía termosolar y la fotovoltaica radica en el camino que siguen para transformar la energía del sol en electricidad: la fotovoltaica utiliza la luz de forma directa, mientras que la termosolar aprovecha el calor de la radiación.
La fotovoltaica es la tecnología que transforma la energía solar a través de placas solares. Sus paneles de silicio capturan los componentes de la luz (fotones) y los transforman directamente en electricidad mediante el efecto fotoeléctrico. Es un proceso físico instantáneo y sin piezas móviles. Conviene destacar que esta tecnología ha avanzado notablemente en los últimos años, abriendo paso a nuevas soluciones con materiales más eficientes a nivel energético -como la perovskita- que impulsa su potencial renovable.
La termosolar, por otra parte, responde a la denominación técnica de energía solar de concentración (CSP, por sus siglas en inglés), y a diferencia de la fotovoltaica, no convierte directamente la luz solar en electricidad, sino que concentra la radiación solar para generar calor, y a partir de él, generar posteriormente electricidad que puede aplicarse a distintos usos.
Mientras que los paneles de silicio de las placas solares convencionales transforman los fotones directamente en electrones mediante el efecto fotoeléctrico, los sistemas termosolares emplean campos de espejos móviles —también llamados helióstatos o canales parabólicos— para concentrar la radiación solar en un receptor central.
¿Cómo? Tal y como refiere el IDAE (Instituto para la Transición Ecológica), el calor que se obtiene de este proceso se transfiere normalmente a un fluido y, a través de una turbina, produce electricidad. No obstante, otra de las diferencias entre ambas radica en la rentabilidad y eficiencia, donde la fotovoltaica consigue mejores rendimientos, ya que acomete un proceso de conversión directo que evita pérdidas en el proceso y le otorga mayor durabilidad.
De hecho, y a diferencia de las pequeñas instalaciones fotovoltaicas para el autoconsumo doméstico, el reto de la tecnología termosolar es que requiere de grandes extensiones de terreno y de inversiones elevadas, por lo que su producción se vincula hacia macroproyectos de infraestructura eléctrica y suministro de calor para procesos industriales.
En definitiva, la clave de la diferencia entre fotovoltaica y termosolar se resume en luz frente a calor. La primera convierte el brillo del sol directamente en corriente con solo un panel inerte, mientras que la segunda precisa de un juego algo más complejo de espejos y turbinas mecánicas. Una diferencia de procesos que explica por qué la fotovoltaica domina hoy el panorama energético mundial frente a la termosolar.