Un manto fluorescente de destellos verdosos y azul eléctrico en formas caprichosas que se forman sobre el mar nocturno otorgándole un brillo y una luz inédita. Es la bioluminiscencia marina. Un fenómeno que parece sacado de una película de ciencia ficción y que es, en realidad, un curioso mecanismo de autoprotección ambiental impulsado por millones de microorganismos trabajando a la vez en la preservación de su hábitat.
A lo largo de la historia, marineros y comunidades costeras contemplaron este fenómeno con una mezcla de misticismo y temor. En Galicia se conoce como Mar de Ardora, y en inglés, Milky Seas. De la Costa da Morte y Rías Baixas al litoral de Somalia, las islas de Indonesia en el Índico (donde se concentran la mayoría) o a la popular Bahía Mosquito en Puerto Rico y las lagunas saladas de Holbox, en México.
A pesar de que la luz brillante del mar llamó la atención del mismísimo Julio Verne, que describió el fenómeno en el clásico Veinte mil leguas de viaje submarino, la bioluminiscencia comenzó a registrarse de forma rigurosa en 1915. Hoy son más de 200 los mares de ardora, reconocidos en el planeta y visibles desde el espacio.
Un espectáculo de bioquímica celular
La investigación oceánica ha diseccionado este fenómeno 'mágico' para explicar el proceso químico que hace que el mar brille con luz propia. Es, en términos científicos, un espectáculo de bioquímica celular. Una interacción biológica que ocurre justo bajo la superficie del agua, que irradia hacia arriba y que es producto de una combinación de factores geológicos, químicos y biológicos que interactúan en el entorno marino.
Ocurre cuando millones de seres invisibles al ojo humano transforman la energía mecánica del mar en luz visible en determinadas condiciones ambientales para dar lugar a uno de los acontecimientos visuales más llamativos que ocurren en los océanos. Como una pequeña aurora boreal oceánica en azul eléctrico y verde neón. No es un acto baladí y tiene su trascendencia. Responde a dos necesidades biológicas de adaptación y supervivencia de los microorganismos: el destello confunde al depredador y alerta el resto como si de una "alerta colectiva" se tratase.
Para que la luz aparezca, debe ocurrir una reacción bioquímica ultra veloz dentro de unas estructuras celulares llamadas escintilones. Cuando el movimiento físico del mar -una ola rompiendo en la orilla- deforma su membrana, se abren canales que alteran la acidez interna de la célula. Este cambio de pH activa de inmediato una enzima catalizadora llamada luciferasa, cuya única misión es oxidar una proteína combustible denominada luciferina. El resultado de esta oxidación química es la liberación instantánea de energía en forma de fotones, creando un micro-destello que dura apenas una décima de segundo.
La chispa del mar
Uno de los elementos fundamentales para la generación de este resplandor fluorescente es la presencia de microorganismos bioluminiscentes. Destacan los dinoflagelados (como Noctiluca scintillans), organismos diminutos que, al agruparse por millones en bahías y lagunas, transforman por completo el paisaje nocturno. También influye el fitoplancton en asociación con bacterias bioluminiscentes (como Vibrio harveyi).
Estos organismos producen una luz propia mediante reacciones químicas internas. El destello se desencadena por factores geográficos, como la forma de la costa y la topografía submarina. Asimismo, influyen la concentración de los microorganismos, el 'baile' de los vientos y las corrientes marinas, elementos que favorecen el intercambio de nutrientes en el agua.
Una de las preguntas más frecuentes es por qué predomina el color azul eléctrico en la bioluminiscencia marina. La respuesta se encuentra en las propiedades físicas de la luz y el agua. Las longitudes de onda del color azul y el verde viajan de manera mucho más eficiente y a mayores distancias a través del agua salada antes de ser absorbidas por el entorno. Dicho de otro modo, para los organismos marinos, emitir luz azul es un mecanismo de alerta grupal. La forma más efectiva de asegurar que su mensaje luminoso sea visto en la inmensidad del océano y, por tanto, su estrategia natural de defensa y supervivencia frente a los depredadores.
De Japón a Baja California
La bioluminiscencia es, por tanto, un fenómeno temporal y variable. Su aparición y brillo pueden verse afectados por diversos factores, como la temperatura del agua, la salinidad o los cambios estacionales, entre otros. Por lo tanto, su observación puede variar de un año a otro, e incluso de una estación a otra y de un continente a otro.
En términos generales, es más propicio durante las noches de Luna Nueva y alcanza su punto álgido durante los meses de verano cuando las temperaturas del agua aumentan y los días son más largos. Estas condiciones climatológicas, junto al aporte de nutrientes como el fósforo y el nitrógeno, procedentes de las lluvias o de corrientes profundas, provocan un crecimiento exponencial del fitoplancton conocido como floración algal.
¿Dónde presenciarlo? En Galicia, en lugares como las Islas Cíes y Ons, las playas de Carnota, Malpica, Fisterra y Muxía, en la Costa da Morte, han destacado por su espectacular despliegue de este fenómeno. También en las bahías de Toyama (Japón); en San Juanico, en Baja California; en Halong (Vietnam) y D'Auger, en Islas Mauricio.
En definitiva, las playas bioluminiscentes nos recuerdan que algunos de los espectáculos más sobrecogedores de la Tierra dependen de los seres más diminutos, del equilibrio natural y de la protección de nuestros océanos para garantizar que las futuras generaciones disfruten de un mar capaz de brillar como las estrellas.