Las actividades agroganaderas tradicionales, fruto de años de experiencias y saberes aplicados a la tierra, se consideran prácticas sostenibles que además suponen una contribución esencial para la conservación del territorio. Es el caso de la trashumancia.
Esta modalidad de pastoreo se basa en el desplazamiento del ganado entre distintas zonas, en función de la época del año. Una práctica que busca aprovechar en cada momento las mejores condiciones climáticas, el alimento y el refugio que ofrece cada región para los animales. Así, cada primavera u otoño, rebaños de ovejas, cabras y vacas se trasladan, guiados por sus pastores y pastoras, a través de unas rutas migratorias establecidas.
En España, estos itinerarios están recogidos en la Red General de Vías Pecuarias, conformada por las cañadas reales y otras rutas en un entramado de 125.000 kilómetros. El país cuenta con una larga tradición en esta práctica, que se remonta a 1273, cuando el rey Alfonso X el Sabio creó el Honrado Concejo de la Mesta. El sistema mantuvo su relevancia hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la introducción de nuevos medios de transporte hizo que fuese cayendo en desuso. En 1994 se recuperó el Paso de la trashumancia por el centro de Madrid, que aún se mantiene hoy en día y que da visibilidad a esta práctica tradicional. Un año más tarde, la ley de vías pecuarias garantizó la protección de las distintas rutas.
Pero la trashumancia no es una práctica únicamente española. De hecho, su relevancia es tal que está reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, desde 2019 en Austria, Grecia e Italia y desde 2023 también en España, Albania, Andorra, Croacia, Francia, Luxemburgo y Rumanía.
En el escrito de la decisión, la UNESCO destaca su función social y cultural, el aporte al ecosistema o su impacto en la organización del territorio, entre otros. "La trashumancia contribuye a la inclusión social, reforzando la identidad cultural y los lazos entre familias, comunidades y territorios mientras mitiga los efectos de la despoblación rural", sintetiza.
Así contribuye al entorno y a la sociedad
Este sistema de pastoreo conlleva un importante aporte a nivel medioambiental. Los movimientos trashumantes contribuyen a la polinización y la dispersión de semillas en el hábitat y la conservación de especies, la fertilización del suelo, la prevención de incendios o el control de la erosión, entre otros. Por ponerlo en cifras, cada rebaño de mil ovejas puede llegar a transportar cada día cinco millones de semillas a más de cien kilómetros. Si el animal tarda de cuatro a cinco días en digerirlas y avanza a una media de 25 kilómetros al día, eso asegura que diversas especies vegetales lleguen a distintos nichos de adaptación. Una contribución esencial a la conservación de la biodiversidad.
Además, mediante la trashumancia, se produce una mejor conservación de los suelos, que mantienen a través del pastoreo un manto de vegetación que los protege y captura el CO2, contribuyendo también a la descarbonización. Este manto vegetal cobra especial importancia, ya que, si no existiera, la maleza acabaría por extenderse.
Pero los beneficios de la trashumancia van más allá del ecosistema, pues tiene también un importante componente identitario, social y tradicional. Su práctica favorece el intercambio de vínculos entre distintas regiones, la generación de una economía propia y el refuerzo de la identidad de las regiones, con todo un desarrollo cultural, artesanal y gastronómico detrás.
Prueba de esto son las distintas festividades que recogen este legado y contribuyen a darle forma en regiones tan dispares como Cataluña, con la Fiesta de la Trashumancia en Santa Margarida i els Monjos; el Tirol con su Almabtrieb, o la jornada en Aubrac, Francia, donde se celebra el ascenso de los rebaños a los pastos. Eventos que celebran la memoria viva de un recurso tradicional que sigue impulsando el presente y futuro de los territorios.
Aunque se trate de una tradición histórica, la cultura de la trashumancia mantiene plena vigencia en el siglo XXI, y más en un contexto en el que se hace necesario fomentar acciones sostenibles que pongan en el centro el cuidado del medio ambiente. En España, varias iniciativas están devolviendo la trashumancia al punto de mira. Es el caso de Trashumant-ESS, un proyecto para el desarrollo sostenible de este sistema en Extremadura que se plantea no solo su salvaguarda, sino también la promoción de modelos de desarrollo sostenible basados en facilitar la transmisión de este tipo de saberes. Por otro lado, encontramos BioNNOMIA, que plantea un nuevo modelo de gestión en zonas de alto valor ecológico, dentro del cual la trashumancia se contempla como herramienta clave para la conservación de ecosistemas y biodiversidad.
Estos son solo algunos ejemplos recientes pero lo cierto es que hay muchos más eclosionando por todo el territorio peninsular, cada uno acorde a las particularidades de su ganado y territorio. Galicia acaba de poner en marcha su primera escuela de pastoreo en Xinzo de Limia (Ourense) mientras que Canarias, Andalucía, Cantabria, País Vasco y Navarra o el Pirineo catalán exploran sus propios modelos, donde la tecnología también se abre paso para impulsar un desarrollo rural sostenible que incorpora drones, digitaliza procesos productivos con apps para la gestión de la ganadería extensiva y diseña los caminos como cortafuegos naturales para la prevención de incendios forestales. Otro referente lo encontramos en Reactiva Brañosera (Palencia), de la mano de la Fundación Ávila para dinamizar la región desde la bioeconomía rural y apostando por el relevo generacional de un oficio tradicional y sostenible.
Sin duda, a la trashumancia le queda aún mucho que aportar. No en vano, la ONU ha declarado este 2026 como el Año Internacional de los Pastizales y el Pastoreo. Un guiño que vuelve la vista al pasado para buscar caminos que garanticen el futuro.