A primera vista, una duna puede parecer poco más que una montaña de arena colocada caprichosamente por el viento. Sin embargo, bajo esa apariencia sencilla se esconde uno de los ecosistemas más dinámicos, frágiles y valiosos de nuestras costas.
Aunque muchas veces las contemplamos únicamente como parte del paisaje, las dunas prestan servicios ambientales esenciales. Actúan como depósitos naturales de arena que ayudan a regenerar las playas y forman una primera barrera frente a la erosión, las inundaciones costeras y los temporales.
El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico destaca precisamente su importante función en la protección y conservación de los frentes costeros. Pese a su importancia, se encuentran entre los hábitats más amenazados de Europa, pues más de la mitad de los sistemas dunares evaluados por la Agencia Europea de Medio Ambiente presentan un estado de conservación desfavorable.
Las dunas como defensa
La arena viaja empujada por el viento desde la playa hacia el interior, donde encuentra obstáculos naturales que favorecen su acumulación. En ese proceso, la vegetación resulta decisiva. Plantas como el barrón soportan la salinidad, la falta de agua y el enterramiento parcial, mientras sus raíces y tallos retienen los granos y contribuyen a formar y estabilizar la duna. Y es que los sistemas dunares albergan una biodiversidad especialmente adaptada a condiciones extremas. Insectos, reptiles, aves y plantas encuentran refugio entre zonas de arena móvil, depresiones húmedas y dunas estabilizadas.
Las dunas constituyen una primera línea de defensa frente al oleaje, los temporales y la erosión costera. Funcionan como reservas de arena capaces de alimentar las playas y absorber parte de la energía del mar, reduciendo su impacto sobre paseos marítimos, viviendas e infraestructuras.
Su conservación también beneficia a las personas, pues las dunas ayudan a mantener las playas, sostienen paisajes de gran valor turístico y ofrecen una protección natural que puede resultar más flexible y adaptable que determinadas infraestructuras rígidas.
Algunos de los sistemas dunares más emblemáticos del mundo ilustran esta doble función ecológica y socioeconómica. Las dunas de Sossusvlei, en el Parque Nacional Namib-Naukluft, en la costa oeste africana, constituyen uno de los principales atractivos turísticos del desierto del Namib; la Duna de Pilat, en Francia, es la formación dunar litoral más alta de Europa, que atrae cada año a millones de visitantes, protege el ecosistema costero de la bahía de Arcachón, o los ecosistemas dunares del Parque Nacional de White Sands, en Nuevo México (EEUU), que destacan por sus dunas de yeso y por albergar especies adaptadas exclusivamente a ese ambiente.
Estos ejemplos muestran que los sistemas dunares poseen un extraordinario valor ecológico y paisajístico, y además, generan importantes beneficios económicos vinculados al turismo de naturaleza y a la conservación del patrimonio natural. El problema es que basta una pequeña alteración, como caminar fuera de los senderos, arrancar vegetación o modificar el transporte natural de sedimentos, para acelerar su degradación.
Un sistema protegido
España cuenta con numerosos proyectos destinados a recuperar estos ecosistemas. Uno de los ejemplos más recientes se encuentra en La Manga del Mar Menor, donde el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha finalizado la primera fase de una restauración dunar sobre una superficie de 33.000 metros cuadrados en el municipio murciano de San Javier.
El proyecto ha permitido crear unos 3.800 metros cuadrados de nuevas dunas mediante el aprovechamiento de arribazones de posidonia, han plantado 10.923 ejemplares de especies autóctonas sobre una superficie de 5.000 metros cuadrados y se han eliminado 3.900 metros cuadrados de vegetación invasora. La intervención se ha completado con captadores de arena y vallados de madera y cuerda destinados a impedir el paso de personas y vehículos por las superficies regeneradas.
En Gran Canaria, el proyecto Masdunas trabaja desde 2018 para frenar la degradación de la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas. Entre sus medidas figuran la ordenación de los recorridos, la devolución de arena al sistema y la recuperación de plantas autóctonas. El proyecto ha incorporado alrededor de 60.000 metros cúbicos de arena y ha plantado más de 1.060 ejemplares de balancón, una especie capaz de retener el sedimento y favorecer la regeneración dunar. La población de plantas autóctonas aumentó un 75% gracias a estas actuaciones.
Conservar las dunas va más allá de proteger una franja de arena: conlleva mantener en funcionamiento todo un sistema natural. Por eso, medidas aparentemente sencillas como utilizar las pasarelas, respetar las zonas acotadas o evitar pisar las plantas pueden contribuir a preservar su equilibrio. Hoy no es el día de ver las dunas como parte del paisaje, sino de entender que de su buen estado dependen la biodiversidad, la estabilidad de las playas y la capacidad de nuestras costas para responder a la erosión y contribuir a la mitigación climática.