Afrontar los fenómenos naturales adversos no solo es necesario por las graves consecuencias para la vida y el medio ambiente, sino que además están redefiniendo el mapa de riesgos económicos. El Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF) señala que los desafíos climáticos serán uno de los factores más determinantes a nivel global en los próximos diez años.
El informe 2026 Climate and Catastrophe Insight de Aon analiza lo ocurrido en 2025: a escala global las pérdidas económicas por catástrofes naturales se estimaron en 260.000 millones de dólares. A pesar de que esta cifra es la más baja en la serie histórica desde 2015, el informe subraya que se está produciendo una modificación estructural en los impactos vinculados al cambio climático: los llamados riesgos secundarios (tormentas severas, incendios, inundaciones locales u olas de calor) están generando ya más pérdidas para las compañías aseguradoras que los grandes huracanes, terremotos u otras catástrofes tradicionales. Esta evolución es relevante porque muchos de estos riesgos son más frecuentes y difíciles de anticipar que los fenómenos más severos.
La creciente visibilidad de estos peligros está impulsando a empresas e instituciones a revisar sus estrategias de inversión y de protección de activos. En este contexto, esta nueva realidad está favoreciendo decisiones más informadas, inversiones más eficientes y el desarrollo de infraestructuras y activos más resilientes.
El potencial económico de la adaptación
Diversos análisis económicos sugieren, además, que actuar frente al cambio climático no solo es urgente, sino que también puede tener beneficios económicos a medio y largo plazo. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que las estrategias integradas de clima y crecimiento podrían elevar el PIB del G20 en torno a un 2,8% en 2050, y cerca de un 5% si se tienen en cuenta los daños evitados gracias a la adaptación. El organismo también apunta que las políticas climáticas pueden generar beneficios incluso a corto plazo (alrededor del 1% del PIB) cuando impulsan la inversión en proyectos sostenibles y la innovación tecnológica.
Y es que cada vez más empresas consideran que las estrategias de sostenibilidad no solo responden a una necesidad social o a exigencias regulatorias, sino que pueden impulsar la innovación, el crecimiento y nuevas oportunidades de negocio, según indica también el informe Sustainable Signals: Corporates 2025 de Morgan Stanley.
Resiliencia y oportunidad para impulsar la transición energética
En un contexto en el que la transición energética avanza, las infraestructuras críticas —redes, almacenamiento, digitalización y sistemas industriales— ganan protagonismo. Pero este nuevo sistema energético también debe diseñarse teniendo en cuenta los riesgos climáticos para construirlo desde la flexibilidad y la adaptación.
La inversión en infraestructuras adaptadas, sistemas energéticos más robustos y herramientas avanzadas de gestión del riesgo pueden reducir interrupciones en la actividad, proteger las cadenas de suministro y mejorar la estabilidad financiera, ofreciendo así nuevas oportunidades competitivas.
Para países como España, que aspiran a liderar la transición energética e impulsar la autonomía en Europa, el reto consiste en avanzar hacia una economía descarbonizada incorporando al mismo tiempo criterios de adaptación climática. Además, integrar resiliencia en infraestructuras, cadenas de valor y modelos de negocio no solo permite reducir riesgos, sino también aprovechar las oportunidades económicas derivadas de la transición energética, como el desarrollo de nuevos proyectos industriales, por ejemplo.
En un entorno global marcado por la incertidumbre climática y geopolítica, la resiliencia se está consolidando como una posible palanca estratégica de crecimiento. Las empresas y países que inviertan antes en preparación y adaptación estarán mejor posicionados para proteger sus activos, atraer inversión y liderar la nueva economía baja en carbono.