Imagine que conduce un vehículo y acelera más, más y más. Acumulará mucha adrenalina. Pero la naturaleza a su alrededor será igual. Ahora vuela en un cohete a la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo). Entonces, todo cambia. "Su tiempo se detiene, sus células no envejecen, el tic-tac del reloj se congela y las distancias encogen", sostiene el divulgador científico Christophe Galfard en Para entender E=mc².
La ecuación más famosa jamás escrita. Relaciona energía, masa y la velocidad de la luz al cuadrado. Es un buen ejemplo del valor de lo energético. Su importancia teórica y práctica. La inversión anual, en este sector, es de 3,3 billones de dólares (cerca de 2,8 billones de euros) al año en este orbe azul y tierra. Una estimación de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) revela que el crecimiento en tecnologías energéticas representó el 10% del aumento total del PIB del planeta durante 2023.
Las empresas que invierten en innovación energética consiguen una productividad superior, que oscila de un 15% al 18%. Poco extraña que la vicepresidenta tercera del Gobierno español y ministra de Transición Ecológica, Sara Aagesen, defienda "acelerar, acelerar y acelerar" el cambio energético hacia el universo sostenible y verde.
El pedal que hay que pisar para acercarse a la velocidad de la luz es la innovación. Idéntico verbo necesario para cambiar el mix energético. Hacen falta mayores avances tecnológicos, inversión, redes e infraestructuras modernas y alimentación. Porque sin esa energía, que ha virado de color hacia el verde, las dificultades, al igual que en la ecuación de Albert Einstein, se multiplican al cuadrado. "La energía es el principal cuello de botella de la IA (inteligencia artificial). Los nuevos centros de datos de un millón de chips de la tecnológica NVIDIA consumen grandes cantidades de energía", advierte Manuel Fernández Losa, cogestor de Pictet Clean Energy Transition.
"Urgen compañías eléctricas que proporcionen energía limpia, fiable, asequible, sistemas de gestión inteligente o proveedores avanzados de refrigeración [básicos en los centros de datos]", sintetiza. Y el hidrógeno verde tiene su lugar. Generado con energías renovables se utilizará en procesos de industrialización tan esenciales como la descarbonización de la acería o para fabricar fertilizantes. Gracias a la IA, "a través de ahorro de tiempo y eficiencia de la automatización de tareas repetitivas (lo vemos en el trabajo y en la vida personal), ahora resulta más fácil efectuar múltiples desarrollos y estos requieren menos esfuerzo. Usando inteligencia artificial el índice de errores y fallos también resulta inferior", puntualiza José Manuel Rodríguez, responsable de Data Analytics de Afi (Analistas Financieros Internacionales).
La innovación en el mix español hace tiempo que empezó a moverse. Cunde el sentimiento de que los procesos de transición energética y de contención del cambio climático —relata Roberto Scholtes, jefe de Estrategia de Singular Bank— están descarrilando al desmantelar la Administración Trump todas las iniciativas anteriores. "Sin embargo, el espectacular abaratamiento de las baterías hará que la electrificación del transporte, la industria y los hogares se acelere más pronto que tarde. Incluso en Estados Unidos", vaticina. De nuevo, la velocidad aparece en nuestra ecuación sostenible. Y no solo porque en el mix energético español el 21% proceda de la energía eólica.
Un informe reciente (The State of Energy Innovation 2026 o El estado de la innovación de la energía, 2026) de la AIE mostró que España estaba al frente de la inversión pública en I+D en el sector energético entre los países que integran esa asociación. Tamizando un estudio de 287 páginas se consigue —al igual que granos de trigo— datos valiosos, con los que plantar el futuro. España destinó —últimas cifras disponibles— en 2023 unos 2.155 millones de dólares —algo más de 1.800 millones de euros— a la innovación energética. Más adelante, pasadas las hojas, llega la descripción de en qué áreas. Por orden. Tres tecnologías. Eficiencia energética, hidrógeno y baterías, y fuentes de energías renovables.
Toda la estrategia se alojaba entre infinitivos —"acelerar, acelerar, acelerar"— propuestos por la ministra de Transición Ecológica. "Si el sector público mantiene una visión estratégica que reduzca la incertidumbre regulatoria y estimule la inversión privada, el círculo virtuoso puede consolidarse con rapidez. Europa necesita casos de éxito que demuestren que el Pacto Verde no es solo una aspiración normativa, sino una estrategia industrial viable y España podría ser ese ejemplo", reflexiona Enrique Dans, tecnólogo y profesor en IE Business School.
Este relato forma parte incluso de la Academia. Los últimos premios Nobel de Economía de 2025 (Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt) demostraron que las sociedades que innovan —lo hemos visto— mejoran su productividad, transforman las estructuras económicas y crean ventajas difíciles de replicar. Si pensamos en el espacio energético, la capacidad —amplía Enrique Dans— de generar electricidad limpia, abundante y barata es el equivalente contemporáneo a haber descubierto petróleo en el siglo XX. Con la enorme diferencia de la falta de contaminación.
Sin embargo, la transición energética no es sólo un tema medioambiental. Es, sobre todo, una narración de competitividad. España parte de una posición extraordinaria. Pocos países cuentan con nuestros niveles de radiación solar y viento. Si se añade la apuesta por el almacenaje —baterías, bombeo hidráulico o hidrógeno verde— la consecuencia puede ser un sistema eléctrico con costes marginales muy bajos.
Esto no solo se refleja en la factura doméstica sino en que el país se convierte en un imán de atracción de inversiones. La energía limpia y barata es una ventaja de nación (sistémica, en el argot). Los fondos de capital inversión —según la AIE— han financiado de forma global a las empresas emergentes en tecnologías energéticas con unos 22.000 millones de dólares (más de 23.000 millones de euros). Y el gasto total de la inversión pública en I+D en idéntico sector suma 55.000 millones de dólares (unos 46.500 millones de euros).
Grandes cifras, grandes esperanzas. Y la innovación va asociada a las patentes. Los inventores chinos —acorde con la AIE— han presentado el doble de solicitudes en I+D relacionado con la energía en 2023 (últimos datos disponibles) que los Estados Unidos, Japón y Europa. Pero el Viejo Continente está cerca de destinar el 0,1% de su PIB global a patentes dirigidas a investigación y desarrollo energético. La eficiencia, de hecho, es una de las partidas que recibe más peticiones. De ahí surgen algunas ideas.
"Para mí, la innovación es llevar al mercado, en productos concretos, la investigación procedente de la universidad o de las propias compañías", explica Juan Carlos Ramos González, catedrático de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Navarra. Y su voz se dirige a las patentes: "Si proceden de fondos públicos deberían ser abiertas". La llegada, por ejemplo, de nuevos materiales puede mejorar el sector del hidrógeno y su almacenamiento. En la práctica, el 40% de las patentes mundiales energéticas se orientan al proceso de almacenaje. Entonces, el infinitivo se descuelga al igual que un montañero. "Acelerar, acelerar, acelerar". Porque llegar al suelo equivale a afianzar la seguridad energética.