Optimizar y compartir recursos, ahorrar costes y generar un impacto positivo en la comunidad local con menor huella ambiental. Es la filosofía teórica y práctica que subyace a la simbiosis industrial, que se perfila como la alianza estratégica clave del siglo XXI para ganar en eficiencia y sostenibilidad.
Dicho de otro modo, lo que una planta industrial normalmente desecharía, ahora se convierte en la materia prima que necesita otra para mover su maquinaria en una fórmula cooperativa de la economía circular. Tanto es así que la Comisión Europea, en el marco del Plan de Acción para la Economía Circular, promueve activamente entre sus socios la creación de plataformas de simbiosis industrial conforme a las directrices ya delimitadas.
Y es que la etimología de la palabra "simbiosis" proviene del griego y significa “vivir juntos”. Está estrechamente ligada a la biología y describe una relación de beneficio mutuo entre dos organismos diferentes. Trasladado al ecosistema corporativo, este concepto se convierte en una estrategia empresarial en la que industrias tradicionalmente independientes colaboran para mejorar su desempeño ambiental y económico de forma conjunta.
El principio fundamental es sencillo: los subproductos que genera una fábrica en sus procesos productivos son la materia base o la fuente de energía para otra. Para que esto funcione, es necesario que exista una cierta proximidad geográfica y una infraestructura de intercambio bien planificada. De esta manera, ese excedente o residuo fluye entre instalaciones optimizando el uso de cada recurso disponible y ya generado sin el impacto y el coste de uno nuevo.
No obstante, la implementación de esta estrategia requiere un riguroso diagnóstico inicial a través del Análisis de Flujo de Materiales (MFA) para mapear cuantitativamente las entradas y salidas de cada planta industrial del territorio. Con este informe, que realizan técnicos y consultorías muy especializadas, se precisa qué corrientes de subproductos, volúmenes de agua o excedentes térmicos están perdiendo valor para diseñar conexiones viables entre sectores.
Sinergias energéticas: calor y vapor compartidos
En la práctica, estos acuerdos de simbiosis industrial entre compañías suelen clasificarse en varias categorías según el recurso compartido. El intercambio de materiales físicos es el más común. Por ejemplo, las cenizas generadas en la combustión de la planta térmica o los lodos de una depuradora de aguas residuales, que ya pueden ser empleados directamente por una fábrica de cemento como agregados estables, evitando la extracción de nuevas materias primas.
Y es, precisamente, el sector energético uno de los campos donde este modelo es capaz de desplegar su mayor potencial. Moeve y Saint-Gobain Weber mantienen una alianza estratégica para reciclar los catalizadores de los parques energéticos que supone reutilizar 100 toneladas de residuos cada año.
Otro ejemplo, lo encontramos en el desarrollo de los biocombustibles 2G, producidos a partir de residuos orgánicos —como aceites usados de cocina, deshechos agrícolas o ganaderos y biomasa forestal, entre otros— y una solución clave para avanzar en la descarbonización de sectores difíciles de electrificar.
Muchas industrias pesadas generan grandes cantidades de calor residual o vapor durante sus procesos de fabricación, como refiere el European Cluster Collaboration Platform (ECCP) para la simbiosis industrial. Mediante la instalación de redes de tuberías e intercambiadores de calor compartidos, este excedente térmico se transfiere directamente a industrias vecinas para sus propios sistemas de secado, destilación o calefacción de modo que se reduce la demanda de nuevos combustibles.
También la gestión hídrica se optimiza bajo el principio de uso en cascada, tal y como concluye un estudio reciente de la Oficina Municipal de Simbiosis Industrial de Paterna (OSIPAT), desarrollado en colaboración con la Cátedra de Municipio Sostenible de la Universidad de Valencia. El agua empleada por una empresa, tras pasar por una planta de tratamiento conjunta en el polígono, no se devuelve al alcantarillado, sino que mantiene calidades óptimas para procesos secundarios. Las torres de refrigeración de una central, por ejemplo, pueden nutrirse de las aguas depuradas de una alimentaria, aliviando la presión sobre los acuíferos locales.
Moeve camina también en esta dirección a través de un acuerdo con Arcgisa, la empresa pública de Aguas y Servicios del Campo de Gibraltar, para emplear en sus instalaciones industriales el agua reciclada de la estación depuradora que da servicio a la comarca, logrando reutilizar los 4.2 millones de metros cúbicos de agua anuales que trata esta depuradora.
El paradigma danés: Kalundborg
Uno de los ejemplos más paradigmáticos de simbiosis industrial se encuentra en Dinamarca, en el fiordo de Kalundborg, al noroeste de la región de Selandia. Desde hace décadas, una compañía energética, una central eléctrica, una fábrica de yeso y una farmacéutica intercambian agua, vapor, gas y lodos.
En el portal web de Kalundborg Symbiosis se detallan los flujos exactos de energía y agua de un ecosistema pionero al que miran otras empresas y países de todo el mundo. Lo que comenzó como una serie de acuerdos privados entre firmas para optimizar costes se ha convertido en un referente global de parque eco-industrial que se promueve desde Naciones Unidas, a través de UNIDO, la organización para el desarrollo industrial particularmente enfocado a economías emergentes para fomentar la eficiencia de recursos.
Más allá de los subproductos, la simbiosis industrial también contempla la gestión conjunta de servicios comunes. Empresas físicamente situadas en un mismo polígono pueden compartir plantas de tratamiento de agua, redes de transporte o sistemas de gestión de residuos reduciendo costes e impacto como Aitasa, en Tarragona, dentro del polo químico en el que también toma parte la multinacional energética española.
En definitiva, el tejido empresarial se transforma y mejora mediante redes cooperativas. La simbiosis industrial se perfila como una herramienta operativa clave para la economía circular. Un modelo en el que las compañías son capaces de planificar flujos cruzados de agua, calor y otros subproductos derivados de sus procesos para maximizar el rendimiento energético y revalorizar los residuos.