A los pies de la muralla abulense, Nagami se ha convertido en una de las mayores especialistas del mundo en impresión 3D robótica de gran formato, que solo usa plástico reciclado y reciclable. Hablamos con su CEO y fundador, Manuel Jiménez
La historia de Nagami combina conocimientos técnicos, una idea de negocio, determinación para llevarla a cabo y una dosis de casualidad. Manuel Jiménez, arquitecto abulense, al igual que su hermano y socio, se instaló en Londres, y pronto se puso al frente del Design Computation Lab (UCL). Así comenzó su idilio con la impresión 3D hasta que la dirección del Centro Pompidou (París) les propuso crear un objeto para la exposición Imprimir el mundo. Se trata del Voxel Chair, una silla impresa en el aire y el primer prototipo diseñado con un software innovador específicamente para la impresión 3D robotizada de gran formato, que forma parte de la colección permanente del centro parisino.
Su propuesta disruptiva llamó la atención de Zaha Hadid, Ross Lovegrove y Daniel Widrig, tres referentes del diseño y la arquitectura. Diez años después, Nagami cuenta con 21 robots de impresión y 36 empleados; sus creaciones pueden verse en lugares tan dispares como el estadio Santiago Bernabéu o en las tiendas de Dior y Ecoalf.
¿Qué es y de dónde viene Nagami?
Manuel Jiménez García. La empresa nace desde el amor por el diseño y la arquitectura, por construir su futuro de una manera más sostenible. Siempre hemos tenido la idea de generar una tecnología que nos ayude en ese camino, y la impresión 3D es la respuesta. Porque podemos trabajar con materiales reciclados y sostenibles, además de crear objetos completamente diferentes cada vez. Es versátil porque puede responder a las necesidades, a la demanda, de una manera automática. La tecnología per se ya es completamente circular y es un cambio en la manera de pensar en la industria.
Nagami comienza con aquella mítica silla y hoy podéis imprimir piezas de hasta tres metros y medio. ¿Cómo es la tecnología que permite ese salto?
Cuando empezamos en 2016, con ese punto de casi inocencia, no existían extrusores verticales (los dispositivos que proyectan el filamento de material) para montar en un robot. Enseguida nos dimos cuenta de que necesitábamos un desarrollo propio. Ahora ya vamos por la versión número siete. Además, nuestra propia tecnología nos permite crecer y escalar mucho más rápido, de forma más ágil y económica, hasta convertirnos en la marca más grande del mundo en impresión 3D robótica de gran formato.
¿Combina diseño e ingeniería en el proceso creativo?
Para nosotros casi son partes de lo mismo. Es un camino diferente a la figura del arquitecto o del ingeniero, porque para diseñar tienes que entender una tecnología que te va dictando las reglas dentro de tu proceso de diseño. Y a la vez, sabes que cuando fuerzas un poquito más la máquina, estás intentando abrir nuevos desarrollos tecnológicos. Podríamos decir que los diseñadores de Nagami también son ingenieros, arquitectos, tecnólogos.... Es una amalgama de diferentes intereses que no te sitúan dentro de una sola profesión.
¿Qué ejemplos destacarías de lo que puede hacer esa tecnología creativa… o esa creatividad tecnológica?
Es difícil seleccionar algunos, pero, además de la silla para el Pompidou, diría que las sillas que hicimos con Hadid, Lovegrove y Widrig para nuestro lanzamiento en 2018. Fue, literalmente, pelearnos contra la gravedad para hacer un objeto que era imposible de crear. ¿Cómo repensar a través del diseño digital y la impresión 3D un objeto tan cotidiano como un baño portátil? La respuesta es The Throne, el primer objeto que imprimimos con 3,5 metros de alto. También la tienda de Dior, que nos permitió reflejar ideas, patrones e imaginación en nuestra primera fachada. Y la flagship de Ecoalf en Las Rozas Village, nuestro primer interiorismo completo.
¿Qué papel juega la sostenibilidad en la creación de estas estructuras únicas?
Solo utilizamos plásticos reciclados y reciclables que provienen de diferentes lugares, de los océanos, de hospitales…, así como plásticos reciclados mezclados con desechos orgánicos como posos de café, huesos de aceituna o conchas de ostras para lograr alguna propiedad en el material, que sea más brillante, mate o satinado, una determinada reflexión o que responda a diferentes esfuerzos estructurales. Cuando empezamos, la sostenibilidad no era tan importante, pero nosotros creemos fervientemente en ella. Por eso, el desarrollo de la maquinaria para trabajar con este tipo de plásticos fue complejo.
El plástico no va a acabar, pero se va a reciclar, se va a sustituir, vamos a generar otro tipo de materiales. Realmente, la inteligencia artificial y la evolución tecnológica en manufactura y la evolución química en materiales nos ayudarán a salvar el planeta, a empezar a generar procesos industriales y para el consumidor muchísimo más sostenibles y circulares.
¿Cómo contribuye a esa sostenibilidad el propio proceso industrial de impresión 3D?
En sí mismo es lo más sostenible, con una huella de carbono mínima. Son máquinas versátiles y portátiles; de hecho, hemos llevado muchas veces un robot para imprimir in situ los objetos que el cliente pedía. No tenemos que hacer stock porque puedes crear un objeto ahora y otro completamente diferente después, de un jarrón a una silla, de un muro a una estructura. Puedes responder de una manera muchísimo más ágil a la demanda. Podemos crear lo que necesitamos y solo lo que necesitamos cerca de donde lo necesitamos, sin generar huella de carbono en el transporte de largo alcance. El futuro de la impresión 3D va hacia la fabricación distribuida y estamos comenzando con varios partnerships en diferentes continentes para que sea posible.
¿Llegará a emplearse normalmente en la construcción y la arquitectura?
Sí, es exportable. Nuestro proyecto nace de la arquitectura y enseguida pasamos a imprimir a mayor escala. Hoy estamos haciendo pasillos de cientos de metros y envolviendo tiendas enteras, tenemos varios proyectos de exteriores y estamos en negociación de otros más grandes en los que, a lo mejor, el 50% del edificio o todos los paramentos interiores se impriman con plástico reciclado. En un futuro, podrá ser incluso toda la estructura. Vamos avanzando hacia una escala más industrial y, por tanto, a la reducción de costes porque producimos más barato cuantos más robots tenemos. Se podrán acelerar los procesos constructivos, pero sobre todo pensar en una arquitectura distinta.
Por último, ¿por qué Ávila como origen de Nagami y su propuesta innovadora en impresión 3D?
Después de darle muchas vueltas, no encontré ningún sitio mejor para desarrollarla. Mi ciudad natal, la ciudad natal de mi hermano y socio, y de muchos de nuestros empleados. Es un lugar que veía lleno de oportunidades, con espacios económicos y facilidad para desenvolverse entre diferentes partes de la industria local. Hemos ido creciendo dentro de ese contraste tan mágico entre una ciudad amurallada, medieval, y robots imprimiendo en 3D, imprimiendo el futuro. Creo que es algo que deberíamos explorar mucho más en otras partes de España, utilizar la España vaciada como ventaja para ser innovador y producir una industria diferente.