Calamocha, centro neurálgico de la comarca del Jiloca, evoca desde su nombre, de origen musulmán, el cruce de culturas. Testigo del paso de romanos, árabes, conquistadores y mercaderes, es hoy peinado por los mismos vientos que producen uno de los mejores jamones de la Península desde hace más de ocho siglos: el Jamón de Teruel. Caminamos desde Calamocha hasta el Poyo del Cid por el histórico camino del Cid, siguiendo esos vientos, ese paisaje, esa altitud que ha esculpido a un pueblo productor de grandes productos de la tierra: jamón, vino, trufa, queso, azafrán.
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El camino entre Calamocha y Poyo del Cid nos deja vestigios de un pasado comercial glorioso entre minas de bronce y lanas, un paisaje que supo apreciar y disfrutar el Cid, y un presente agrícola y gastronómico que invita a soñar en un futuro donde los viajeros recorran también con el paladar este sendero a través de su jamón, vino, queso, azafrán.
El sendero se inicia tras dejar atrás la iglesia de la Asunción, cruzar por el puente medieval de origen romano y pasar muy cerca junto a una casa-palacio el martillete de bronce y el lavadero de lanas, motores básicos de Calamocha durante años al estar en rutas mercantes de lana y minerales.
La ruta sigue una vía verde por la que antes transitaba el tren que comunicaba Santander con el Mediterráneo. Su traqueteo ha dado paso ahora a un hilo musical formado por el cantar de cientos de aves diferentes y por el soplido de un viento que peina las choperas y nogales. Solo por esos silencios merece la pena la ruta.
A unos 5,7 kilómetros llegamos al Poyo del Cid, el lugar donde acampó el Cid Campeador junto a sus tropas. En concreto, en la colina que protege del viento al pueblo y desde donde se divisa toda la planicie. Muchos son los que llegan también a este camino en bici y con alforjas. El Camino del Cid da vida a una de las sendas más largas de la Península con 7 etapas y 1.500 kilómetros, el sueño de todo aficionado a las travesías en bicicleta.
En este punto puedes seguir en línea recta hasta Monreal del Campo, con su visita obligada a la iglesia de San Pedro del siglo XVIII y el museo del azafrán.
O puedes regresar a Calamocha por la vía verde del antiguo ferrocarril, y degustar con el paladar en una merecida cena entre toda la oferta de restaurantes locales, terrazas y jardines, los aromas que este clima y este cierzo curan: Jamón de Teruel, vinos del Jiloca y quesos (Tronchón, El Aljibe, Sardón, La Val, Remei). Un plan excelente en el que terminamos haciendo noche en Calamocha.


Calamocha, Teruel, ha sido siempre un gran cruce de caminos. Aquí se asentaron romanos y árabes, mercaderes y conquistadores, multinacionales y emprendedores tanto por su valor geoestratégico como por la riqueza de sus ríos y paisajes. Salir a sus senderos es comprender su historia y conectar con un futuro muy vivo, donde resurgen las localidades de la conocida “Laponia española” por el cierzo, la altitud y una atmósfera seca que nos permite disfrutar del famoso Jamón de Teruel (D.O.). A lo largo de 12 kilómetros, desde Calamocha a Poyo del Cid descubrimos todo su potencial para volver a recibir a paseantes inquietos y curiosos, amantes de la buena gastronomía y de los paisajes amplios.
El sendero se toma tras dejar atrás la iglesia de la Asunción, datada del siglo XVI y asentada sobre un antiguo castillo medieval y una magnífica torre, cruzar por el puente medieval de origen romano y pasar frente al antiguo martillete de bronce y el lavadero de lanas. El puente de origen romano está datado en el siglo I y habla de la vía Augusta que conectaba Zaragoza con Jaén. El martillete de bronce lo puso en marcha un mercader de origen francés allá por el 1689 que supo ver en la fuerza del río el recurso básico para trabajar el bronce de las minas cercanas. Lo mismo con el lavadero de lana que ayudaría a aligerar el peso de las lanas traídas desde la Sierra de Albarracín dirección a las rutas comerciales, ya limpias sin pesos extras, que atravesaban la Península.
Todos estos elementos hablan de la importancia de este mismo camino en toda la comarca del río Jiloca. Los pisamos ya entre nogales, amplios campos de cultivo y una luz de otoño que favorece la explosión de ocres. Unas tonalidades que nos acompañarán durante las seis horas de agradable paseo.

Hoy es el silencio el que se hace presente durante todo el camino con el eco de estas historias. Un silencio que rompe el cierzo a ratos junto el cantar de los cientos de pájaros que cobija cada árbol del camino y el saludo cariñoso de las personas que caminarán por los diferentes pueblos que acompañan el camino como el Poyo del Cid y los siguientes Fuentes Claras, Caminreal… Y casi veremos más tractores en movimiento que personas. Eso sí, de vez en cuando, un grupo de ciclistas nos pasarán a buena velocidad y el rumor el río de Jiloca nos servirá siempre de brújula.

A los 5 kilómetros se alcanza el Poyo del Cid hasta donde puede caminar también la vía verde del antiguo ferrocarril que unía Santander con el Mediterráneo. Una loma sobresale en la planicie de estos campos de cultivo. Y sobre esa loma decidió acampar Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, el famoso caballero medieval del siglo XI y sobre cuyas huellas caminamos ahora por un sendero que rinde homenaje a su vida desde Burgos hasta Alicante a través de ocho provincias y siete tramos.
El Cid tomó esa loma como su cuartel general junto a más de 7.000 hombres y así lo cita el Cantar del Mío Cid, la gran obra de literatura medieval que entre la ficción y lo real, repasa la vida de este hidalgo, mercenario que tocó la gloria y también la penuria del destierro. Hoy una figura de piedra recuerda su presencia en la zona y la propia localidad se acurruca a los pies del mismo cerro, tal vez del frío cierzo que, caprichoso, peina con fuerza esta planicie.

En este punto regresamos hacia Calamocha de nuevo. La ida por el Camino del Cid, la vuelta por la vía verde con el fin ahora, de recrear estas vistas con el paladar: el azafrán del Jiloca, el jamón de Teruel y otros sabores propios de Monreal, Caminreal, Calamocha y toda la zona.
Eso sí, muchos son los que continúan hasta Monreal del Campo hasta completar seis horas de ruta en línea recta. Pero para que la visita a la zona sea completa, al día siguiente, merece la pena acercarse con sosiego a la Laguna de Gallocanta, santuario de miles de aves migratorias, entre ellas las grullas. Un lugar de referencia internacional para su avistamiento y el humedal salino más importante y mejor conservado de toda Europa.

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