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Un paso decisivo en nuestra evolución hacia un futuro más sostenible.
Navas de Oro tiene un pasado que se remonta a la Edad del Bronce, y su nombre —según algunos historiadores— alude a sus lagunas y humedales y al “oro líquido” de la miera.
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El Camino de la miera es un recorrido por la historia viva resinera de Navas de Oro.
Caminar nos descubre cómo el conocimiento del territorio —sus pinos, sus oficios, sus huertas— sigue inspirando nuevas formas de crear valor.
Cada tramo recuerda de dónde venimos, pero sobre todo invita a imaginar hacia dónde podemos avanzar cuando territorio y comunidad caminan juntos.
El camino abandona el asfalto y entra en un bosque inmenso donde la luz y el sonido cambian.
Restos de pegueras, refugios y marcas de extracción muestran la historia viva del oficio.
Un tramo húmedo y sombrío junto al río y las antiguas viviendas de la minicentral hidroeléctrica.
El camino vuelve entre pinares hacia las chimeneas de ladrillo que dominan el paisaje.

Más del 65% del territorio de Navas de Oro es masa forestal. En la ruta además de observar corzos, zorros, águilas, avutardas y buitres, puedes dejarte llevar por el viento en el pinar, el sonido de las aves, el discurrir del agua y tus propios pasos.

Navas de Oro se fundó en un castro de la Edad del Bronce, y sus restos pueden verse en la Peña del Moro, a un kilómetro y medio de la localidad. A Alfonso VIII de Castilla se le apodó «el de las Navas», sin parangón con esta localidad, por derrotar a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212).
Su patrimonio arquitectónico refleja siglos de historia y vida comunitaria. La iglesia de Santa María, con su gótico mudéjar del siglo XVI, y la iglesia de Santiago, documentada desde 1210, muestran la profundidad cultural del municipio.
La ermita del Santo Cristo del Humilladero y los antiguos lavaderos —hoy convertidos en el Museo de la Resina— completan un conjunto que une tradición, fe y oficio.
Y las altas chimeneas de ladrillo de las antiguas fábricas resineras se alzan como hitos del paisaje: símbolos de un pasado industrial que marcó la identidad del pueblo.

Navas de Oro fue uno de los mayores productores mundiales entre las décadas de los 50 y los 80. Ahora con 1.200 personas censadas, quedan vestigios de esa época en forma de altas torretas de ladrillo de las antiguas fábricas, los caserones de sus dueños y un Museo, el de la resina, que conserva todos los artilugios que se necesitaban para su extracción artesanal.
Durante el sendero podrás ver en los troncos de los pinos cómo era el proceso de extracción de la resina. Primero se extrae una fina capa de la corteza (un proceso llamado desroñar) de no más de 12 cms de ancho y medio metro de alto. Una grapa metálica en la parte inferior conducirá la resina (miera) a un recipiente clavado al propio tronco (potera) con un clavo. El corte de la corteza alcanzaba a lo largo de la temporada casi un metro.
La resina se vendía por kilos a las fábricas para la elaboración de colofonia (resina natural de color ámbar) y el aguarrás o trementina, esenciales ambos para la industria de la alimentación, adhesivos, pinturas y farmacéutica, entre otros. Con los restos caídos al suelo (sarro)se encendía la peguera para extraer con el vaho de la hoguera la pez de manera artesanal, usada después para impermeabilizar barcos, cuerdas, botas de vino.

La ruta se completa en la mesa. Navas de Oro se ha convertido en un laboratorio natural de una huerta que conserva técnicas tradicionales y se atreve con nuevas variedades.
Entre tomates y pimientos locales crecen chiles ecológicos como el jalapeño, el poblano o el habanero: sabores que muestran cómo la innovación rural puede abrir nuevos caminos desde la tierra hasta las cocinas estrella Michelín.
Un sabor que demuestra que la innovación surge de manos que trabajan la tierra con mimo.

El Camino de la miera no sólo se transita a ras de suelo: también se vive mirando al cielo. La baja contaminación lumínica de Navas de Oro convierte este entorno en un lugar privilegiado para la observación astronómica, con noches claras en las que las constelaciones, la Vía Láctea y los movimientos de los astros se muestran con una nitidez excepcional.
Caminar al atardecer o detenerse en alguno de sus claros es una invitación a descubrir un cielo vivo, silencioso y abierto, capaz de transformar el ritmo del camino. Aquí, cada paso conecta con el paisaje y cada mirada al cielo recuerda que estos bosques también son un observatorio natural donde las estrellas guían y acompañan al caminante.

Navas de Oro conserva una naturaleza casi inmaculada: cerca del 65% de su territorio es masa forestal, dominada por pinos resineros y piñoneros, base histórica de la miera. Entre el pinar y los espacios abiertos es habitual observar corzos, conejos, zorros, perdices, cuervos, buitres, águilas o avutardas, además de una vegetación diversa donde aparecen sabinas, retamas, chopos, cantuesos y tomillos. En otoño, el paisaje se completa con la riqueza micológica: níscalos, setas de cardo y también amanitas, que recuerdan el valor y la fragilidad del ecosistema.
A este mosaico natural se suman los humedales y lagunas, auténticos oasis de biodiversidad. El municipio cuenta con lagunas catalogadas de interés especial, como: Pero Rubio, La Magdalena y La Vega, junto a otros bodones y charcas dispersas por el término. Estos espacios funcionan como refugio y zona de paso para aves migratorias, aportando vida, sonido y movimiento a un territorio donde el agua, aunque discreta, es clave para entender su equilibrio natural.

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