La transición energética entra en una fase decisiva. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), la capacidad renovable mundial se multiplicará por 2,7 antes de 2030, impulsada principalmente por la solar fotovoltaica y la eólica. Este crecimiento consolida el liderazgo de la electrificación, pero también pone de relieve una realidad cada vez más evidente: la descarbonización eficaz exige coordinar distintos vectores energéticos, capaces de aportar flexibilidad, estabilidad y seguridad de suministro al sistema.
En España, ese proceso se articulará en torno a cinco grandes tendencias que marcarán el rumbo del sector energético en 2026.
- 1. Electricidad renovable: liderazgo consolidado y retos de integración
La energía solar fotovoltaica seguirá siendo el principal motor del crecimiento renovable. A cierre de 2024, España contaba con cerca de 32 GW de potencia solar instalada, lo que representa ya más del 20% de la capacidad total del sistema eléctrico, según datos de Red Eléctrica de España. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) prevé superar los 76 GW solares en 2030, lo que implica que más de la mitad de esa nueva capacidad deberá integrarse en apenas seis años.
La eólica, con unos 31 GW instalados, seguirá aportando volumen y estabilidad, especialmente mediante la repotenciación de parques existentes y el desarrollo progresivo de proyectos offshore. Sin embargo, a medida que aumenta el peso de estas fuentes variables, el desafío deja de ser únicamente generar electricidad limpia. La prioridad pasa a ser integrar esa capacidad en el sistema, gestionar la variabilidad y garantizar la estabilidad del suministro, como deja ver la IEA en su informe Renewables 2024.
En el caso de España, este reto es especialmente relevante: una parte significativa de la capacidad renovable ya autorizada o en fase avanzada de tramitación aún no puede conectarse a la red, lo que pone de relieve la necesidad de acelerar las inversiones en redes de transporte y distribución. La ampliación y digitalización de estas infraestructuras se perfila así como un elemento clave para evitar cuellos de botella, reducir vertidos de energía renovable y asegurar que el crecimiento renovable se traduzca efectivamente en suministro disponible.
- 2. Autoconsumo: generación distribuida y ahorro energético
El autoconsumo se ha consolidado como una de las palancas más dinámicas del sistema eléctrico español. Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica, España ya superó a finales de 2023 los 7 GW de potencia de autoconsumo instalada, multiplicando por más de cuatro la capacidad existente en 2020.
Este crecimiento ha estado impulsado por la reducción de costes de la tecnología solar, con una caída del LCOE (coste nivelado de la energía) superior al 80% desde 2010, según International Renewable Energy Agency, y por los programas de ayudas vinculados a los fondos Next Generation EU. Numerosos expertos apuntan a que en 2026 el autoconsumo seguirá ganando peso no solo como herramienta de ahorro para hogares y empresas, sino como elemento capaz de aliviar la presión sobre las redes y acercar la producción al consumo.
- 3. Movilidad eléctrica: avance gradual y retos pendientes
En 2024, el parque de vehículos electrificados en España superó el 1,6% del total, todavía lejos de los objetivos europeos. No obstante, las matriculaciones de vehículos eléctricos crecen a doble dígito, impulsadas por las ayudas del Plan MOVES y por una oferta cada vez más amplia.
En paralelo, la red de recarga está cerca de alcanzar los 50.000 puntos públicos, aunque con una distribución territorial desigual y problemas de activación administrativa, de acuerdo con AEDIVE. De cara a 2026, el despliegue de infraestructuras y la electrificación de flotas urbanas y corporativas serán determinantes para acelerar la reducción de emisiones.
- 4. Biocombustibles y biogases: descarbonización inmediata y gestionable
Los biocombustibles y los biogases ganarán peso como soluciones de descarbonización compatibles con las infraestructuras existentes. Desde 2025, las aerolíneas están obligadas a incorporar un 2% de combustibles sostenibles de aviación (SAF), un porcentaje que irá aumentando progresivamente, impulsando la demanda de biocombustibles avanzados.
El biometano, por su parte, se consolida como un vector estratégico. Según SEDIGAS, el potencial técnico de producción de biometano en España podría cubrir hasta el 40% de la demanda nacional de gas natural, lo que lo convierte en una herramienta clave para reforzar la seguridad de suministro y reducir emisiones de forma inmediata, sin esperar a cambios tecnológicos disruptivos.
- 5. Hidrógeno renovable: infraestructura industrial y vector de conexión
2026 será un año relevante para el despegue del hidrógeno renovable como vía para descarbonizar industria, transporte pesado y sectores intensivos en energía. Según proyecciones del Hydrogen Council y análisis de mercado, la demanda global de hidrógeno podría aumentar desde alrededor de 90 Mt actuales hasta cerca de 660 Mt hacia 2050, lo que representa un crecimiento de más de seis veces en tres décadas en escenarios de transición energética fuerte.
La IRENA estima que el hidrógeno podría representar en torno al 10-12% del consumo final de energía en la UE en 2050, actuando como conector entre electricidad renovable, industria y transporte. Su capacidad para reutilizar infraestructuras gasistas existentes facilita una transición progresiva y reduce las fricciones económicas del proceso.
Un sistema energético integrado
La gran tendencia que marcará 2026 no será el avance aislado de una tecnología concreta, sino la orquestación de un sistema energético integrado, donde electricidad renovable, autoconsumo, movilidad eléctrica y moléculas verdes cumplan funciones coordinadas bajo criterios de flexibilidad, resiliencia y gestión eficiente.
La transición energética entra así en una fase en la que las decisiones tecnológicas están cada vez más ligadas a criterios industriales y económicos. La capacidad para desplegar un sistema energético robusto será clave para atraer inversión, fortalecer la competitividad y transformar el tejido productivo hacia actividades de mayor valor añadido. En 2026 el reto ya no será solo producir energía limpia, sino construir un sistema capaz de sostener el desarrollo económico e industrial en un entorno global cada vez más exigente.