Así lo señala la ‘Sustainability Maturity Curve’, conceptualizada por beSirius, que describe los hitos de cómo avanza y madura la sostenibilidad dentro de las organizaciones y en los mercados globales.

Su evolución sigue un patrón comparable al de otras grandes transformaciones empresariales vividas en las últimas décadas, como la digitalización.
En sus primeras etapas, estos procesos suelen caracterizarse por un fuerte impulso inicial y altas expectativas.
La curva de madurez sitúa en su base una fase de ‘Innovation Trigger’, en la que surgen nuevas prácticas y compromisos. En el caso de la sostenibilidad, esto se tradujo en el establecimiento de objetivos de neutralidad de emisiones (Net Zero) por parte de cientos de países y de la mayor parte de las grandes empresas, con metas para 2050 o antes. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), más de 70 % de las emisiones de CO₂ globales están ya cubiertas por algún objetivo net zero1.
Este impulso inicial vino acompañado de un crecimiento notable en la elaboración de informes y métricas ESG. En 2024 más de 13.000 organizaciones en cerca de 100 países reportaron siguiendo sus estándares, lo que supuso un incremento superior al 20 % respecto a 20202.
Sin embargo, esta fase también se caracterizó por la coexistencia de objetivos muy ambiciosos con capacidades de ejecución aún inmaduras.
La ‘Sustainability Maturity Curve’ denomina la siguiente fase como ‘Trough of Disillusionment’. En ella, algunas iniciativas se replantean o se abandonan, especialmente en un contexto económico y regulatorio como el actual, que pone el foco en el pragmatismo y prioriza la eficiencia, la simplificación administrativa y el impacto medible.
En el ámbito europeo, distintos organismos han subrayado la necesidad de que las políticas vinculadas a la sostenibilidad estén alineadas con las realidades socioeconómicas y se apliquen mediante marcos regulatorios proporcionados, que eviten cargas administrativas innecesarias3, bajo la premisa de que simplificar procesos no implica reducir exigencia.
Análisis recientes del World Economic Forum apuntan a que las estrategias de sostenibilidad corporativa están evolucionando hacia enfoques en los que el impacto económico y el retorno sobre el capital adquieren un peso creciente en la toma de decisiones4.
En esta fase, algunas organizaciones están reduciendo el número de iniciativas ESG periféricas para concentrarse en proyectos con impacto operativo directo, como la mejora de la eficiencia energética de sus activos. También se observa una evolución de los equipos de sostenibilidad: con estructuras más especializadas y mayor integración en áreas clave como operaciones, finanzas o estrategia industrial. El objetivo es asegurar que las inversiones en sostenibilidad contribuyen a la resiliencia del negocio, a la reducción de costes estructurales y fomentan la mejora de la competitividad.
En esta línea, la Comisión Europea ha subrayado en distintos documentos asociados al Green Deal Industrial Plan que la transición energética debe contribuir a preservar la competitividad y a atraer inversión, alineando los objetivos ambientales con factores económicos y de política industrial5.
Por su parte, el Banco Central Europeo ha señalado que las variaciones en los precios de la energía y las inversiones en infraestructuras energéticas influyen de forma directa en la inversión corporativa y en el crecimiento económico de largo plazo6, en línea con lo señalado en el informe Draghi.
En un futuro, la sostenibilidad dejará de percibirse como un ámbito aspiracional y pasará a formar parte de las decisiones centrales de la estrategia empresarial, planificación industrial y gestión del riesgo. Es el extremo más avanzado de la curva de madurez de la sostenibilidad, apuntada por beSirius, ‘Plateau of Productivity’, donde las prácticas sostenibles generan un valor tangible. En esta fase predominan iniciativas orientadas al impacto medible, con la función de sostenibilidad integrada en las funciones clave del negocio y proyectos directamente vinculados a resultados financieros, operativos y de mercado.
Si seguimos la pista de dónde se asigna capital hoy en día, podemos resolver la duda sobre si la transición energética depende de coyunturas políticas. Los datos indican que no es así: las inversiones en energías renovables y eficiencia energética siguen creciendo a nivel global, en especial en China, que tiene claro que la mejor manera de aumentar la seguridad energética en el futuro es utilizar energías renovables autóctonas.
Según Bloomberg, en el primer semestre de 2025, Europa aumentó un 63% su inversión en renovables (76.000 mill de dólares) y se convierte en la segunda región con mayor inversión, por delante de Estados Unidos, que bajó un 36% y aún lejos de China, que con 169.000 millones de dólares en el mismo periodo, lleva liderando la inversión en renovables en la última década (además incrementó las exportaciones de paneles solares a África un 60% y ha lanzado más de 500 proyectos de hidrógeno verde en 2025),
Asimismo, el informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Global EV Outlook, muestra los avances en electrificación y eficiencia energética en economías con contextos políticos diversos, que siguen apostando por la diversificación energética y la reducción de la dependencia de combustibles fósiles7.
La AIE muestra que la reducción profunda de emisiones requiere combinar electrificación (electrones) y eficiencia con otros vectores, incluidas las moléculas verdes allí donde la electrificación encuentra límites técnicos o económicos. Sectores como la aviación o el transporte marítimo, que suponen en torno al 6% de las emisiones globales de CO2, difícilmente pueden descarbonizarse con electricidad renovable8. Cobran por tanto mayor importancia soluciones como los biocombustibles de segunda generación, la sustitución del gas natural por biometano y el desarrollo de combustibles basados en hidrógeno renovable. Todo ello sumado a soluciones de captura de CO2 y de almacenamiento renovable.
En definitiva, si ponemos las luces largas, lo que está cambiando no es la dirección de la transición energética, sino su ritmo y arquitectura. La sostenibilidad se vuelve más pragmática, con independencia de soluciones tecnológicas, para avanzar de manera realista hacia un objetivo compartido, un futuro mejor para nosotros y las próximas generaciones.
**Tribuna publicada el 28 de enero en Expansión.